En el Panteón Real de la Basílica de San Isidoro reposan, bajo bóvedas románicas, los féretros de los monarcas del Reino de León. Nuestra ciudad bien podría ser también la tumba simbólica de quien, sin ser rey, su propia vanidad ha coronado al modo en que se entronizó Napoleón Bonaparte. Se rumorea que la fosa política de Pedro Sánchez será Ceuta, pero me lo imagino ya ocupando conceptualmente uno de los nichos de San Isidoro, exigiendo una distinción funeraria a la altura de la todopoderosa Doña Urraca y una vela velando su memoria que jamás se apague, tan cegadora como la luz de un poder que terminó por eclipsar al mismísimo Felipe González.
Corría el año 2000 cuando José Luis Rodríguez Zapatero se presentaba a las primarias socialistas con todo el aparato en contra, incluido un González que bendecía a José Bono. Contra todo pronóstico, y por un raquítico puñado de votos, nuestro paisano se hizo con el liderazgo del PSOE gracias a los vientos de cambio que soplaban en Ferraz, donde muchos veían en Bono a un candidato rústico frente al perfil cosmopolita de ZP. Siempre fue un hombre de mundo, mucho antes de sus expediciones a Venezuela en busca de El Dorado. Si en aquellos años locos los botones podían llegar a directores de banco, José Luis pasó de hacer fotocopias en la sede del PSOE de León a pilotar el destino del país.
Año 2016. El PSOE se desangra en una guerra civil; en los Comités Federales se escucha el crujir de las navajas. Sánchez coge su Peugeot y da la vuelta a España en ochenta días. Zapatero, alineado con el aparato, apoya a Susana Díaz. No quiere que Pedro herede las llaves del cielo socialista; no es santo de su devoción.
Como en una suerte de revancha retroactiva, el apóstata gana contra todo pronóstico, repitiendo la hazaña de ZP al alborear el siglo. Aquella noche no se borraron los discos duros de Ferraz, pero sí la memoria del socialismo: Zapatero olvidó su respaldo a Díaz, se cayó del caballo camino de Damasco y vio en el defenestrado Pedro a un nuevo mesías. Vio en él al encarnador de aquel desprendimiento que él mismo predicaba —eso de «tener muy poco y dar mucho»—, aunque se refiriese, tal vez, a las joyas con que agasajaba a su esposa.
El PSOE actual germinó en León cuando nuestro expresidente decidió apadrinarlo. Si Zapatero nunca hubiera alcanzado la secretaría general, es probable que Pedro Sánchez no hubiera pasado de concejal. Su proyecto no es más que la mutación natural de la España que concibió ZP. Hoy escucho crujir las placas tectónicas de nuestra tierra: Margarita Robles se revolvía y José Antonio Diez marca terreno. Dos leoneses decididos, tal vez, a devolver a los fantasmas al lugar del que jamás debieron salir en el año 2000.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.