Esta tierra respira hoy con la dificultad de quienes ascienden un puertu cargado de niebla. No es solo el frío lo que cala, sino ese cansancio granítico de quien sostiene un sistema que ha olvidado el oficio de cuidar. Se habla con ligereza de “absentismo”. Ese término gélido de la patronal que deshumaniza la dolencia como si fuera desajuste en la cuenta de resultados. Pero la realidad es que la baja laboral no es un número, sino el último refugio de las trabajadoras y trabajadores quebrados por un ecosistema que lo asfixia.
León se desangra en una espera invisible, en un tiempo que se detiene en pasillos que no terminan nunca y en consultorios que se quedan huérfanos de latido. Las bajas son la crónica de un naufragio anunciado, mientras los centros de salud se convierten en laberintos de ecos donde la lluvia del cansancio cala hasta el alma de quienes esperan. El dolor ya no habita en la carne; se ha mudado a la mente, como una nieve cegadora que borra las lindes del camino. El estrés y la ansiedad son los nuevos lobos que acechan en el insomnio, alimentados por la presión digital y lo que el experto Javier Cantera define como “absentismo psíquico”: ese abandono silencioso de quien, aun estando presente, ha visto quebrado su bienestar de propósito.
Aquí, la enfermedad laboral no nace de la desgana, sino de una “rueda del bienestar “que ha perdido sus radios. Se exprime la retama hasta dejarla seca por una productividad mal entendida. Muchas bajas son, en realidad, cicatrices de una organización que enferma; sin embargo, mutuas y patronales eligen el camino de la sospecha. Criminalizar al que sufre es un asedio a la sanidad pública y un desprecio al talento que hace grande a esta provincia.
Desde UGT reclamamos una intervención social que cambie modelos, no solo parches cosméticos. Como señala Cantera, “el valor humano compite en las primeras divisiones de la productividad”, y no habrá provenir en nuestra tierra si no invertimos en la paz mental de quienes lo construyen.
No debemos acostumbrarnos al silencio de las cumbres. Quienes levantan este suelo merecen que su fatiga sea un mapa hacia una medicina más humana. Porque la dignidad de un pueblo se mide en la salud de sus manos y en la calma de sus noches. Que el bienestar no sea un sueño babiano, sino la lumbre que nos guarde del desamparo.