A 600 kilómetros de casa las paredes son blancas, a la iglesia se llega por calles pindias y empedradas y el calor achucha algo más de lo que empieza a ser normal a orillas del Bernesga a estas alturas de agosto. Poco o nada recuerda allí a León, salvo que lo del momentín, el minutín y la pequeñina también son dogma, que las carreteras son igual de fiables que la que Palacios con Fontecha y que, para recordar la historia, todos los pueblos de este rincón entre Badajoz y Huelva se apellidan ‘de León’.
Una curiosidad que espero no perder con el tiempo me empujó a sacar el coche de la cómoda Ruta de la Plata para coger el desvío sin mirar atrás. Primero Calera de León. Luego Segura, también de León. Baño en Cañaveral y despedida en Arroyomolinos. Todos de León, pero lejos de León. Como quien se marcha de casa pero se niega a abandonarla del todo.
Tras la conquista cristiana, la Orden de Santiago organizó por allí la Encomienda Mayor de León y fueron asentándose pobladores llegados del norte. Algunos bajaron siguiendo esa Ruta de la Plata que discurre paralela a la autovía. Hoy uno hace León-Mérida en unas horas y ya protesta a la altura de Ardón. Póngase usted en el siglo XIII, con lo puesto, un camino por delante y ninguna posibilidad de mandar un WhatsApp diciendo que ha llegado bien.
Imagine aparecer en esa Sierra de Tentudía, en ese punto entre el fin de Extremadura y el principio de Andalucía y seguir con León en la cabeza.
La idea la traía de casa después de leer a Gordana Kuić en ‘El olor de la lluvia en los Balcanes’. Una familia sefardí obligada a acostumbrarse a que el mundo cambiara de fronteras, países y casas mientras la vida cotidiana seguía dependiendo de algo bastante menos épico: llevar las lentejas a casa.
El libro me devolvió a una patria que hasta entonces consideraba exclusiva de los que gastamos buena napia: la que se reconoce por el olor. Una patria construida a partir de la mezcla de aromas, como el de la encina que reina en ese cantón leonés tan lejos de San Marcos o el de una Feria del Piñón capaz de ocupar, con los años, el lugar de un San Froilán sin avellanas ni Prieto Picudo.
Y pienso entonces en los que llegaron allí queriendo hacer de aquello la nueva tierrina. Y cuando me dan las vueltas en la tienda de Calera y me dicen que si quiero bolsina, entiendo que, de alguna forma, lograron que ese rincón del sur también fuera patria.
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