Hace unos días, pocos, era la frase más repetida y oída por la calle: feliz año. Todavía ahora, después de las uvas y los turrones consumidos, casi mediado este mes de enero y fríos espantadores, queda por ahí –como un fleco irrenunciable que alcanza el 17 de enero (hasta San Antón, navidades son, o eso cuenta la sabiduría popular)- quien lo recalca de manera machacona y sonrisa dentada, por aquello de la buena vecindad y la costumbre oral. Y la respuesta, sistemática, es la misma: igualmente. Pero lo de feliz… en fin. Mejor, «vengan días y caigan ollas», que, en definitiva, es lo aconsejable y positivo. Para mayor concrección y señas, este era el aserto que hace años se utilizaba de manera coloquial por las gentes sencillas, quienes solo aspiraban a sobrevivir de la mejor manera posible. Que ya era complicado. Más o menos y dadas las circunstancias, como hoy ocurre, pese a que la economía vaya como un tiro, en palabras de los jerarcas que mangonean el país. La realidad urbana, que es la válida y fetén, dicta lo contrario. Hay demasiados espejos en los que mirarse.
En otro orden de cosas –expresión leguleya y por desgracia tan extendida en el decir de los culturetas impostados- León continúa siendo el hermano pobre –o uno de ellos- en el panorama nacional. Lo de «año nuevo, vida nueva», aquí, y a las pruebas cabe remitirse, no se contempla. Los problemas, cual hachazo vírico comunal, siguen persistiendo; siguen siendo los mismos y sin visos de alcanzar una solución perseguida y generacional. A título de ejemplo: la estación de Feve, arrumbada y ‘descangallá’, porque unos señoritos de tres al cuarto le niegan el pan y la sal. A título de ejemplo, el aeropuerto de la Virgen del Camino, desde donde las aeronaves, a punto de aterrizar y por cuestiones climáticas, se dan al piro a otro aeropuerto, al de Asturias, dejando a los pasajeros con los pantalones por las rodillas. Es imposible tomar tierra por falta de una tecnología adecuada. Y no pasa nada. A título de ejemplo: la falta de oportunidades y esperanzas, para evitar la desbandada de jóvenes hacia otras tierras de promisión. Un desastre. Aquí se forman y se esponjan y, sin dilación, cogen el petate y pies para que os quiero. No les queda otra. Bien lo saben los cientos y cientos de familias, que, como penitencia cronificada de confesionario lo sufren en sus carnes cada amanecida.
A la capital leonesa le viene ‘salvando’ del calvario –es una manera sutil o irónica de expresarlo- eso que se ha dado en llamar turismo de interior. En su mayoría, el de veinticuatro horas. En León, durante el fin de semana, es cuando se percibe un ambiente diferenciado y a tiempo parcial. Pero solo, ojo, en una parte de la ciudad, la monumental, la típica, la del alterne instituido y publicitado. El resto, poco más que nada. Y en esas se está de nuevo, en los inicios de un 2026 del que se espera la misma leche; es decir, muy poquita. Y, además, desnatada.