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León, deja ya de marear la perdiz del desencanto

02/03/2026
 Actualizado a 02/03/2026
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Parece que ya quedan atrás las tormentas, las nevadas y los cauces desbordados de los ríos. No nieva como antes, pero nieva, y puede que eso mejore las cosechas y el esplendor en la hierba de la primavera. Veremos. 

El invierno ha sido intenso, casi como aquellas noches gélidas de otro tiempo, en las que, quizás, llamaba a la puerta un viajero. Los viajeros hoy, salvo efímeros turistas o nuevos ricos, no son bienvenidos por algunos. No se acuerdan ya de la España emigrante, porque la memoria es esquiva. Incluso puede ser fría como el hielo. Pero, en fin, esa es otra historia.

Lo que entristece es que ya ni el aire primaveral nos anima, o eso leo en varios lugares, incluido el editorial de ayer de este periódico. El escepticismo parece parte de nuestro ADN. No es que no lo entienda. Lo que me extraña es que se haya convertido en algo estructural en nuestra sociedad. ¿Escépticos para siempre? La historia nos ha maltratado, sí. También la historia presente. No es victimismo, como dicen algunos: son datos. Constatables. Pero ¿de qué sirve tanto escepticismo? Negar, tocar la cabeza, decir no a todo, o casi, pero oh, no actuar. ¿Acaso es demasiado agotador? Resulta que, si quieres obtener cosas distintas, tienes que hacer algo distinto: es una verdad verdadera. Y, si no, no veo razones para quejarse tanto. Escépticos de palabra hay muchos, pero no demasiado activos a la hora de entrar en acción. Perdón que sea tan crudo, queridos. 

Leo que hay un cansancio estructural, como bien dice el filósofo Byun-Chul Han, del que ya hablamos aquí. Cansancio, desidia, escepticismo y pocas ganas de cambiar nada, o, ya puestos, cambiar lo que sea con tal de que nada cambie de verdad, dicho en esa gatopardesca expresión. Esta es una tierra de profundidad histórica y grandes tradiciones, con la que yo, a pesar de haber nacido en ella, coincido sólo en parte, pues, y pido perdón por ello, no soy gran defensor de las tradiciones, sobre todo algunas, y creo mucho más en la modernidad que en la pura nostalgia de otro tiempo. Ya os digo yo que cualquier tiempo pasado no fue mejor. Que los refranes se equivocan mucho más de lo que parece. Hay tiempos pasados (que algunos incluso reivindican, en una cabriola incomprensible) que fueron un horror. 

Pero el cansancio y el escepticismo en un periodo electoral (como el que tenemos por delante estos días) es doblemente peligroso. Si esto es verdad, que el personal anda sin ganas y sin mucho interés en la política, entonces sí que deberíamos preocuparnos. ¿Damos por sentado que las cosas son como son y que, con una mirada retrospectiva, esta tierra tiene escrito su destino, sin posibilidad de moverse de este aire de inmovilismo y mediocridad, salvo alguna cosa, un negro destino al que se ve atado desde tiempo inmemorial? Caer en el derrotismo y en la flojera es muy peligroso. No digo que no lo comprenda: sobran motivos, viendo el panorama. No tenemos suerte con casi ninguna administración, y el mundo, en manos de la locura y de la barbarie trumpiana, con ese triunfo de la ignorancia, no parece tener tampoco mucha solución. Aún así, la parálisis nunca arregló nada. Ni la rendición. Ni el victimismo. León no puede dedicarse simplemente a sobrevivir. El destino no existe. Pero el futuro sí.

El escepticismo se combate con la acción. León (la provincia, el reino) tiene esas grandes posibilidades que cierta concepción histórica le ha cercenado. No entraré en divisiones, que son positivas si te sientes incómodo o ninguneado, pero sí puedo entrar en la capacidad de una de las provincias más diversas (en recursos, en paisaje) y más extraordinarias de este país. No ha sido suficientemente promocionada ni aprovechada. No. León no está por descubrir, pero sí está por sacudirse la galbana del tiempo. ¿Nos puede la actitud de parte del paisanaje, ahíto de derrotas en mesas y despachos? Tal vez. Pero dejemos ya de marear la perdiz del desencanto. 

Un tiempo electoral es perfecto para reflexionar. No para bajar los brazos, para mostrar impotencia. Para conformarse, entre suspiros, con un supuesto nefando destino que desde luego no existe: es una invención. A esta comunidad, si nos ponemos en eso, pues, en fin, en ella estamos, parece que le falta más garra y más colmillo, y quizás le sobra confusión. Siempre he pensado que leemos la realidad desde cierto inmovilismo, y la parálisis siempre se paga. Aunque haya cansancio. Vivimos un tiempo durísimo, en el que incluso algunos ponen en cuestión las democracias. O no hay memoria o es puro despecho ante las promesas no cumplidas. Puedo entenderlo. Pero eso es como la educación: si te parece cara, prueba con la ignorancia. Claro que no faltan los que defienden la ignorancia, pues nada ayuda más a los nuevos autoritarismos. Busca a alguien cabreado con una idea difusa o aproximada de la quién es el culpable, introduce propaganda equívoca y ya lo tienes. Esta es una constante que se ha expandido por el mundo actual a causa de poco pensamiento crítico y de creerse las verdades que algunos dicen que debemos creer. La política no es un catecismo, aunque a veces pueda recitarse como una letanía. No se trata de disparar siempre sobre el pianista porque no te gusta la canción que interpreta. 

Puede que sea tarde para que nos demos cuenta de que sin una apuesta por la modernidad y por la identidad poco podemos hacer. Modernidad, ciencia, progreso, diversidad, hermandad, humanidad, cooperación, multiculturalidad, antiaislacionismo, naturaleza. Son palabras para un país con posibilidades. Sin estos conceptos, nada que hacer. Un mundo que viaja en dirección contraria a lo que esas palabras indican sólo puede ser un mundo egoísta y vulgar. Y no, no podemos ser un mundo así. No debemos ser así. Debemos liberarnos de cualquier posibilidad de perder la dignidad bien ganada en el contexto de Europa, ante genocidios, ante invasiones, ante neocolonialismos e imperialismos de nuevo cuño. El patriotismo consiste en defender las ideas de apertura, igualdad, libertad y fraternidad, las ideas, en fin, de la revolución, las ideas que ennoblecen a los hombres. 

Al desencanto se le combate con determinación. Respeto el gusto por la tradición y el peso de la historia, pero quiero ser un hombre del presente. Las cosas suceden ahora y se hacen ahora. Y se hacen para el futuro, no para bendecir ninguna forma idolatrada de pasado. Me molesta que tantas ideas políticas se hayan hecho emocionales, superficiales, extremas, que se abomine de los que profundizan y se promocione más a los que incendian la vida con dialécticas feroces y argumentos ad hominem. Marear la perdiz desde la angustia y el escepticismo, desde la confusión, no ayuda mucho.

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