Cuando abandoné León como cada verano al llegar septiembre, lo último que vi por el retrovisor del coche fue el cartel de una agencia inmobiliaria cuyos anuncios de ventas de casas cada vez proliferan más en los pueblos de la provincia. Tanto que en algunos de ellos andan a la par ya con esos tableros con los que los vecinos que viven fuera acostumbran a proteger las puertas de sus casas de la climatología del invierno leonés.
La proliferación cada vez mayor de esos carteles publicitarios, nada discretos por otra parte (de color morado y negro, con letras blancas sobre ellos, resaltan sobre la uniformidad de las puertas o las ventanas con rejas de las que los cuelgan) hace pensar en un fenómeno nuevo que tiene a nuestros pueblos como protagonistas: tras décadas de abandono por parte de sus habitantes, empujados por la necesidad hacia las ciudades, pero mantenidos por consideración e inercia como lugares de veraneo y de reencuentro con su memoria rural, que persiste intacta, la crisis económica y el paso de los años, que ha dado paso a nuevas generaciones para las que la antigua aldea no significa lo mismo ya, o no significa nada absolutamente, han llevado a muchas personas a colgar el cartel de ‘Se vende’ de sus casas familiares sin importarles un ápice la memoria, que es esa carga pesada que a veces llevan los padres al hombro como si fueran sacos de inutilidad. Para quienes los antiguos pueblos no son ya más que recuerdos difusos de veraneos cada vez más alejados en el tiempo, sin otra prolongación que una visita esporádica para asistir a un entierro o a echar un vistazo a la casa para ver que no se ha caído, ésta ya no significa otra cosa que una servidumbre económica que se puede revertir vendiéndola al mejor postor. Y, como, por lo demás, las familias son fuentes de conflictos, cuanto antes se haga mejor para todos.
Detrás de todo esto hay, sin embargo, una lectura socioantropológica que no se puede desdeñar y que tiene que ver con el desapego cada vez mayor de los leoneses (y de los españoles en general) hacia sus orígenes, que están en los pueblos y en las pequeñas aldeas y que, durante mucho tiempo, fueron su orgullo (¿quién no presumía de pueblo o se lamentaba de no tenerlo cuando llegaban las vacaciones?), pero de los que las generaciones sucesivas se han ido desprendiendo poco a poco como el que se despoja de un abrigo viejo. De este modo, León, como otras provincias, ha pasado de ser un lugar de pueblos a un enorme pueblo en venta cuya desolación y abandono producen mucha melancolía.
León de pueblo
04/10/2015
Actualizado a
19/09/2019
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