Más de cincuenta asesinatos y casi ochocientos casos de violación denunciados son, no ya síntoma, sino prueba evidente de que algo no funciona, de que vivimos en una sociedad enferma. Las lágrimas son legítimas, también lo es el grito, la rabia, la indignación de todos los que creemos que un mundo más justo, más seguro, que garantice la libertad y los derechos de ambos géneros por igual es posible.
¿Cómo lograrlo? ¿Podríamos haber evitado la muerte de Laura? ¿Y la de Marta, la de Diana, la de Jennifer, la de Pilar? ¿Está en nuestras manos dominar al monstruo? Porque alguien que viola, mata con ensañamiento y abusa de una mujer no es un hombre, todo lo contrario, la hombría se demuestra respetando; tampoco es un animal, porque un animal no comete semejantes atrocidades con alevosía, es una bestia fuera de control, un ser abominable que no merece ni compasión, ni piedad ni mucho menos comprensión. Para vencer la violencia de género hay que educar desde la cuna en el respeto, en la no agresión. Los niños deben crecer en un entorno mentalmente sano, sabiendo que cada uno es dueño de su cuerpo y nadie tiene derecho a tomarlo por la fuerza. Hay que reformar el Código Penal para que una violación no sea tipificada como abuso y estipular cuándo una reinserción es posible y cuándo no. Los permisos. Ahí está la clave, porque es en estas situaciones cuando se producen más asesinatos. Quisiéramos ser siempre tolerantes, dar segundas oportunidades, pero no se puede dejar en libertad a una fiera, el león tiende a devorar porque así funciona su naturaleza. Todos, mujeres y hombres libres, juntos, somos necesarios para acorralar al monstruo. Ahora bien, nada de esto sería suficiente si en el siguiente permiso penitenciario, otro Montoya sale a cazar. Por muy humanos que queramos ser, tal vez sea el momento de reconocer que la reeducación, en muchos casos, es imposible. Eso pienso, Laura. Ojalá pudieras contestarme.
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