Por si no fuera bastante nacer en un rincón remoto del Noroeste, en una España centralista que despreciaba las tierras más apartadas, esas niñas tuvieron que atravesar una guerra que llenó de cadáveres las cunetas de las carreteras, que incendió de dolor y de injusticia tiempos y familias. Que dejó un inmenso campo de melancolía. Un desierto que solo gracias a una energía heroica, y a una antigua y sabia dulzura, pudieron dejar atrás. Así esas mujeres lograron abrir un tiempo nuevo en el que tantas veces faltaba el padre asesinado, el hermano muerto en la guerra, y tantos otros infortunios e injusticias. Ellas lo aguantaron todo. Con sencillez, con la infinita ternura de quien apenas salió de su vida aislada y austera, con la firmeza de quien le pedía poco a la vida: amar, tener unos hijos, sacrificarse siempre. Dar. Y estar en silencio tantas veces. Estatuas llenas de sangre buena, de luz y de perdón. Y ahora muchas de esas mujeres de hierro del Bierzo, esas damas del tiempo y la verdad, han vuelto a vencer a la muerte y a la desgracia. Y vuelven a la esperanza después de haber superado al cruel coronavirus. Y tienen 104 años, 99, 95. Y nos dicen que no hay que rendirse nunca. Incluso cuando todo parece en contra. Y que la vida siempre merece la pena.
Ellas son las rosas del Bierzo, las que vencieron a su destino. Las que nos enseñan el camino a seguir.
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