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Las intermitencias de la muerte

17/05/2018
 Actualizado a 14/09/2019
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He conocido a hombres que vivieron muchos años muertos. De esos que aguardan serenos, con la mirada perdida, convencidos de que su historia terminó y los últimos inviernos de vejez son solo un epílogo de paciencia. Cada vez más enjutos y arrugados, repiten los gestos que ha madurado el tiempo, y esperan sin prisa. Hablan en recuerdos como si los hubieran vivido otros, custodian la memoria de lo que ya no son y siempre fueron. Porque hay gente que se muere con el corazón latiendo, que dejó de estar viva hace tres veranos y que aun se sienta al serano al caer la tarde. Hay quien pierde la costumbre de vivir, pero no entre libros y linotipias como González-Ruano, sino dejando mucho antes del funeral grabado en su losa el epitafio.

«Para el domador la muerte tiene cara de león», escribía en un cuento Samuel Beckett. Para la Historia la muerte tiene cara de olvido, y estos días he conocido lugares cercanos que viven enterrados en siglos, perdidos entre la loma y el páramo. Ausentes. Castillos que solo custodian piedras, palacios de ventanas tapiadas, monasterios sin nadie que rece en sus capillas y arcos que enmarcaran la brisa de los paisajes verdes de primavera. En pueblos marchitos donde se hizo la España que ahora se deshace en los cementerios. Aquella que contamos como si fuera de otros.

Así, con la tranquilidad del deber cumplido andan agonizando las villas de casas blasonadas por las que cruza el último rebaño de ovejas. Agonizando pero muertas hace siglos, con sus aldeanos de apellidos nobles apoyados en los bastones y paseando de buena mañana. Porque hay tantas formas de morir como de estar vivo. José Saramago nos contó ‘Las intermitencias de la muerte’, aquel país fabuloso que de repente se ganó la inmortalidad y en el que se instituyó una ‘maphia’ que arrastraba a los moribundos hasta la frontera para librarles del peso de la eternidad enferma y aliviar la presión demográfica de las almas amortizadas. En esta tierra de interior (la que fue de reyes y duques, de válidos y expedicionarios, de místicos y revolucionarios) los pueblos viven las intermitencias de la muerte y no hay forma de acercarse a ninguna otra frontera. Aunque aquí buscamos aliviar la depresión demográfica. Es una dulce condena, la muerte dulce por monóxido de carbono que va adormeciendo las calles, bajando las persianas, enlutando las viudas y oxidando los candados.

Mientras tanto vivos, si se le puede llamar vida a respirar sin querer, a aguantar en silencio con la valentía necesaria para no romperlo con un llanto inútil. A mirar lejos sin mirar nada. Mi abuela decidió morir un puñado de años antes de su entierro. Y ya no quiso disfrutar más, tan solo esperar en la rutina, como el cirio que se consume en anhelo de trascendencia. Ya no quiso ni siquiera reír más. Se amarró fuerte a los recuerdos y ni el violonchelista de Samarago (aquel que logró enamorar a la muerte) le hubiera hecho bailar de nuevo.
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