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Las esquinas de los años

03/01/2019
 Actualizado a 11/09/2019
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Hay años que no terminan del todo, que se deshilachan como algodón de azúcar y algunas de las hebras se enganchan en las esquinas del tiempo. Porque ese tiempo que medimos en la continuidad eterna de las esferas también tiene esquinas punzantes y no es difícil dejarse en ellas varios puntos del jersey de cuello de alto o hacerle un siete a la manga de la americana. Cumplir años (de los que se cumplen con uvas estrenando otro enero) es irse dejando trabadas nostalgias, deseos, sonrisas y recuerdos al doblar el calendario. Uno siempre se olvida algo en el pasado.

«La vida es una serie de colisiones con el futuro; no es la suma de lo que hemos sido sino de lo que anhelamos ser», reflexionaba Ortega y Gasset dando una cita que bien se le puede aplicar ahora a esta España constitucional que vive la crisis existencial de la juventud tardía, que es como se llama en este siglo a tener cumplidos los cuarenta. Un país es un gigante hecho de personas y el nuestro que supo ser todo no es capaz de describir el futuro que anhela ser. Ha empezado 2019, enésimo año de la incertidumbre, y ni el oráculo de Delfos se atrevería ya a predecir cómo seremos cuando se vuelva a marchitar diciembre. Es el inestable terreno que supone la falta de un proyecto colectivo de país (ni siquiera de mínimos) entre unos partidos políticos contaminados de belicismo pero condenados a entenderse. Y unos ciudadanos cada vez más inmaduros. De la camiseta de partido al no nos representan, del menos malo al voto de la ira y del castigo. Las urnas no eligen, tan solo valoran. Por eso cada vez importan más los idearios y menos los programas electorales.

Sin embargo, si hay un año con esquinas ha sido este 2018 que acabamos de despedir. El sanchismo nos prendió a la losa de Franco y a la aritmética imposible. El independentismo catalán al callejón sin salida que comenzó aquel 1 de octubre. Casado y Rivera han quedado encadenados al artículo 155. Vox es el fantasma del pasado que se nos aparece en Andalucía como al Scrooge de Dickens para unirnos al virus de radicalismo con el que se ha infectado Europa. Una Europa, por cierto, trabada también en aquel referéndum del Brexit desde 2016. Tantos recovecos ha tenido 2018 que en vez de estrenar año parece que estemos iniciando su segunda parte. Casi todo ha quedado sin resolver como en el final de temporada de las series de Netfix. Los Presupuestos Generales que empezaron a tramitarse nadie sabe si lograrán finalmente ser aprobados. Todos siguen junto a la cama agónica de esta legislatura débil con salud de hierro. El epílogo de Susana Díaz que ha sido el mensaje de Fin de Año como presidenta en funciones es solo el inicio del ciclo electoral y de negociaciones en la mayor parte de las autonomías que puede crear un mosaico inaudito de colores en los gobiernos territoriales.

Este 2019 comienza siendo un 2018 bis, con España tirando de los hilos que se quedaron enganchados en las esquinas. Enmarañada en los debates de ayer, en las identidades y las cicatrices. Dejando el futuro para mañana.
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