Imagen Juan María García Campal

Laborad pro nobis

22/06/2016
 Actualizado a 07/09/2019
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Que el obispado diocesano de la católica de León rechace albergar la subsede del Museo del Prado en uno de sus edificios no es cosa que nos escandalice. Ciertas esperanzas, tal que la supuesta fe, ya nos las dimos más por imposibles que por extraviadas tiempo ha. Al fin y al cabo el obispo es quien en dicha religión tiene a su cargo el cuidado espiritual y la dirección y el gobierno eclesiástico de los diocesanos y nos tenemos muy presente cuan importante lugar ocupan en el gobierno eclesiástico las artes desempeñadas por sus ecónomos entre las que ha de encontrarse –sin lugar a duda, aun no sea dogma de fe– la mejor, en el sentido de más rentable, gobernanza o administración de su no pobre ni exiguo patrimonio inmobiliario, aunque no se encuentre éste afectado por los tributos a que sí se encuentran sujetos lo bienes de igual tenor del común de vecinos o ciudadanía. Así pues, nos no encontraremos nunca mejor momento que este cervantino año, para afirmar, sin temor alguno a caer en lugar común por usar tal tópico literario, que «con la Iglesia hemos topado». Nada más lógico y natural que el obispado prefiera albergar entre los muros de su propiedad privada el Museo diocesano y de la Semana Santa, más ajustado a sus adoctrinamientos, que la sede delegada del Museo del Prado, sabedor como es de la heterodoxia y liberalidad que uno puede encontrar en la pintura para alimento de su espíritu y, lo que por peor tendrá, su imaginación. ¡Vade retro Satana!

Aclarado que ha quedado, estimo, mi laica, que no anticlerical, opinión con respecto al privativo decidir del prelado superior de la cosa católica, párrafo es de escribir sobre la que me merecen los gobernantes civiles –democrático y local el uno, dedocrático y regional el otro– que días ha se fotografiaban sonrientes –faltaría más– y ufanos al firmar con el obispado, el mismo que vela por lo suyo propio, el compromiso de soltarle la guita común o pública –500.000 euros de las rebosantes arcas locales y 400.000 de las sobradas regionales–. Sí, de esas mismas mermadas arcas que crujen, se estremecen y gritan aldabonazo y cierre cada vez que sus supuestos tutores escuchan palabras como «música», «poesía», «conservatorio», «Leteo», «autovía» y otras que de enumerar harían vergonzante y vergonzosa letanía. Ignoraba yo que la privada «paponía» imprimiese carácter. O quizá sea que, en su posmodernidad, se nos han quedado en contraculturales.

Mejor que tanto orar, alcalde, Silván, consejero, Quiñones, laborad pro nobis.

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