01/03/2023
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La vida tras los cristales. El sol al otro lado del balcón. El frío fuera, el ruido fuera. En la radio han informado de las temperaturas bajo cero, pero ningún medio de comunicación se ha hecho eco de la belleza de esta mañana, torera con su traje de luces, de frío y sol. No es noticia, la belleza no tiene tirón informativo, salvo si está patrocinada. Y así, bien informados sobre la borrasca Juliette y sus caricias árticas, salimos a la calle con calcetines gordos y cuellos altos, protegidos contra las inclemencias, pero también ignorantes, porque no hemos oído nada ni leído ningún titular al respecto, de los delicados contrastes con los que la luz matinal recorta los perfiles. Y así, caminamos por las aceras mirando las aceras, esperamos en las paradas, cogemos autobuses, atendiendo al móvil, sin levantar la mirada al cielo. Y así, se nos ha ido esta mañana, la belleza que traía y que ya no volverá, la hemos perdido. Porque las mañanas, igual que los inviernos y las primaveras, pasan para siempre, la vida también.

La vida tras los cristales. Los árboles al otro lado del balcón. La belleza fuera que se cuela dentro. Dos pequeños grajos se balancean sobre tiernas ramas. Su plumaje reluce, sus plumas reflejan, vestidos de luces, de negro y oro. Llega también un herrerillo, el primero que veo este año. Le sigue otro. El invierno está acabando, pero todavía no hay hojas en los árboles. Se afanan en los precoces brotes. Tienen hambre. Buscan qué comer. Vuelan. Vuelven. No hacen planes. No se plantean que van a hacer mañana. Viven al día. Por instinto saben que quizás no haya mañana.

Los pájaros lo saben. Los seres humanos lo olvidamos. Hacemos planes, contamos con muchas, muchas, mañanas todavía. Olvidamos que el cántaro puede romperse antes de llegar al caño. Y de pronto, la muerte, veloz como la lengua de un camaleón nos pilla por sorpresa. Y el día a este lado del balcón se oscureció del todo y otro frío me ha dejado helado.

«La fortuna, una vez más, la fortuna de lengua aceitada, después de lavar mis heridas, la fortuna me había cogido como quien coge un cabello que trenza con los suyos, uniéndome indisolublemente a ella, y de golpe, cuando ya nadaba en la alegría, de golpe, la Muerte vino y dijo: ‘Ya es la hora. Ven’. La Muerte, ya para siempre la Muerte».

Descansa en paz, querido José Manuel.
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