Y me pregunto en este punto: ¿cual será la verdadera razón de apostillar «de origen judío» al referirse a alguna persona de ese medio millón de alemanes (menos del 1% del censo alemán de junio 1933): la ubicación historiográfica de la persona, personaje, la presuntamente inconsciente pero tendenciosa revelación de la causa de lo sufrido por ésta o un desapercibido rasgo de antisemitismo moderno? ¿Nos imaginamos aclarando de algún español su origen morisco o mozárabe? ¿Se ha olvidado ya que el nazismo persiguió también a gitanos, testigos de Jehová, homosexuales, así como a «aquellos que padezcan una enfermedad incurable que pudiera transmitirse a su descendencia» tal y como establecía la ley de 1933 de «prevención de enfermedades hereditarias en las generaciones futuras»?
Cómo no agradecerle a Charlotte Salomon que salvase toda su vida en una maleta, cómo no a Foenkinos que nos la recordase, cómo no una y otro que me retornasen a la recurrente pregunta «¿Vida? ¿O teatro?» que, aun no tenga uno la respuesta, si lo afianza en que a quien ha renunciado a tener una patria y se ha hecho explorador de la literatura es esta la que lo hace mejor vivir, más conscientemente. Me lo recordó también este sábado Shakespeare, su Rey Lear, por boca de Nuria Espert: «¡Pobres desheredados, donde quiera que os halléis, aguantando todo el furor de esta implacable tempestad ¿cómo pueden resistirla vuestras cabezas sin abrigo y vuestros miembros mal cubiertos de andrajos y extenuados por el hambre? ¡Ah! ¡mucho olvidé vuestras necesidades!».
¡Ah, desmemoriados! ¡Ay, cuantas vidas, aún hoy, continúan cabiendo en una maleta!
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