Jorge Valle

‘La tarta del presidente’

28/06/2026
 Actualizado a 28/06/2026
Guardar

En ocasiones, el mejor acercamiento que puede hacerse a una realidad áspera y cruel —sin camuflarla ni minimizarla, pero también sin caer en el documentalismo o en la exhibición complaciente del sufrimiento— consiste en convertirla en una fábula infantil. Ocurría en cierto modo en ‘El ladrón de bicicletas’ (Vittorio De Sica, 1948), quizá la obra más emblemática del neorrealismo italiano, donde el robo de una simple bicicleta bastaba para convertir la pobreza de la Italia de la posguerra en una tragedia universal a través de la mirada de un niño al que su padre era incapaz de consolar. También en ‘La vida es bella’ (Roberto Benigni, 1997), que encontraba en la imaginación la única forma posible de atravesar el horror de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial o, más recientemente, en ‘Cafarnaúm’ (Nadine Labaki, 2018), en la que un niño libanés demandaba a sus propios padres por haberlo traído a un mundo hostil e inhabitable. Películas muy distintas entre sí, pero unidas por una misma intuición: nadie mira el mundo con tanta honestidad como un niño que todavía no ha aprendido a aceptar como normales las injusticias que los adultos dan ya por inevitables.

Esa es asimismo la apuesta de ‘La tarta del presidente’, candidata por Irak al Óscar a la mejor película internacional en la pasada edición, estrenada a principios de año en España y disponible ahora en Filmin. Su protagonista, Lamia, una niña de nueve años, vive junto a su anciana abuela y un hermoso gallo de cresta roja en una precaria cabaña de madera suspendida sobre el Tigris. El colegio al que asiste reproduce en miniatura el clima de miedo impuesto por Sadam Hussein a principios de los noventa, en plena Guerra del Golfo. El maestro, que ejerce la autoridad con la misma arbitrariedad con la que el régimen gobierna el país, sortea entre los alumnos quién deberá aportar cada uno de los elementos de la celebración del cumpleaños del presidente. Y a Lamia le toca el más importante: la tarta. Lo que para cualquier espectador occidental podría parecer un encargo insignificante se convierte, para una niña que apenas posee nada en un país devastado por el hambre y la miseria, en una misión casi imposible, pues conseguir harina, azúcar, huevos y levadura exige recorrer sola las calles de Bagdad y enfrentarse a toda clase de peligros. Pero negarse tampoco es una opción: en un sistema construido sobre el culto al líder, no cumplir con el encargo puede acarrear la cárcel o incluso la muerte. Como ya hiciera De Sica con una bicicleta, el director Hasan Hadi convierte un objeto tan cotidiano como una simple tarta en el símbolo más elocuente de la violencia cotidiana que impone la dictadura.

Ganadora de la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el último Festival de Cannes y del Premio del Público en la Quincena de Realizadores, ‘La tarta del presidente’ transforma la búsqueda de cuatro ingredientes tan básicos en una pequeña odisea moral, una sucesión de pruebas con las que Lamia va descubriendo, casi sin darse cuenta, el funcionamiento de un mundo profundamente injusto y desigual. La esperanza del relato, tenue pero luminosa, llega en una de las últimas escenas, cuando la niña contempla, reflejado sobre el agua, el rostro de quien más ama. Una imagen bellísima de resonancias sufíes que se erige además en una sencilla lección moral: quizás no exista mayor acto de resistencia frente a la violencia del mundo que tratar de conservar intacta la pureza del corazón cuando todo alrededor parece empeñado en destruirla.
 

Archivado en
Lo más leído