Se amontonan las historias en el aula, y también en nuestras calles, donde crecen los soportales ocupados, se multiplican colas distantes ante escasos comedores sociales mientras las condiciones laborales se enrarecen en un mercado en el que el río revuelto engrosa los dividendos de los de toda la vida. Crecen las desigualdades de manera exponencial a como lo hace este indomable enemigo vírico. Por eso es necesario apelar a lo que por humano nos rearma.
El otro día había un hombre tirado en medio de la calle. A las puertas de mi casa. Una paseante con perro pasó a su lado. El perrito y su dueña esquivaron el bulto vírico que trazaba un incómodo garabato sobre el pavimento. Soledad hiriente la del transeúnte huérfano, ni tan siquiera miradas de pena que lo arroparan. Así desmadejado, recortaba el frío en silueta. En el rellano, adusto. A los pies de la valla metálica roncaba el hombre ruidoso como queriendo que le escucharan. Pero nadie se percataba de su presencia ni añoraba su ausencia.
Y resonaron en el silencio de la noche, en voz queda, aquellos versos de César Vallejo: «Perdóname, Señor: ¡qué poco he muerto! En estas tardes todos, pasan sin preguntarme ni pedirme nada. Y no se qué se olvidan y se queda mal en mis manos, como cosa ajena. He salido a la puerta, y me dan ganas de gritar a todos: Si echan de menos algo, aquí se queda».
Solidaridad al menos, lo que nos queda.
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