España se ha llenado de banderas. Cuelgan de las ventanas, ondean desde cientos de edificios, pasean por sus calles. La europea, la española, la senyera, la estelada, la republicana. Somos un sinfonismo de banderas agitando las avenidas. No tengo nada en contra de ellas salvo que se haga de las mismas un uso más exaltado que representativo. Me recuerdan el famoso cuadro de Delacroix: ‘La libertad guiando al pueblo’. Siempre me he sentido romántica. ‘Romántica’ en el sentido histórico de la palabra. Me gusta pensar que los seres humanos tenemos la misión de intervenir en favor de nuestros derechos y los de nuestros semejantes para mejorar el mundo. Recuerdo una de las características del Romanticismo que escuché siendo estudiante: «sus ansias de infinitud chocaron con la finitud del mundo». Y es que, como dijo Bernard Shaw: «La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres la temen tanto».Durante las últimas semanas los ciudadanos han salido a la calle para reclamar su libertad. Cada uno la suya y ambas respetables si estuviesen bien argumentadas. Sin embargo, la realidad manda. La realidad dirige el rumbo y pasa factura. Mientras Rajoy y Puigdemont inician un «diálogo» –eso sí, de besugos– Cataluña no soporta tanta improvisación y va perdiendo gota a gota el tejido industrial que la sostenía. Y es que a pesar de que el diálogo suele ser siempre el mejor remedio, en una situación que se ciñe a un ‘sí’ o a un ‘no’ a la independencia, se hace difícil. Mariano debe estar estresado al no poder delegar sus responsabilidades en terceros, según suele ser su costumbre. Tiene que salir, enfrentarse, dar la cara. No puede limitarse a esperar. Carles debe estar leyendo el diccionario, intentando encontrar el oxímoron perfecto que tense más a Mariano contra las cuerdas, esperando esa respuesta de Europa que no llegará, pues a Europa no le interesa apoyar ninguna causa separatista siendo su espíritu contrario a este fin. Y, así las cosas, ¿merece la pena insistir?, pues, como dijo Machado: «La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad, aunque se piense al revés».
Lo que se ha perdido el gran Gila, qué fantásticos gags cómicos nos hubiera regalado. Resulta fácil cerrar los ojos e imaginarlo al teléfono, llamando al Palau de la Generalitat a cualquier hora del día o de la noche, preguntando: «Disculpe, sólo quería saber si se declaró ya la independencia. ¡Ah, que ya se suspendió! Bueno, pues perdone. Era por ver el fútbol».
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