La prohibición de enseñar el cuerpo, de hacer deporte, de tratar con otros hombres que no sean su mahram –parentesco masculino como padre, hermano o marido– o, incluso, de reír es una realidad que se aproxima velozmente a las mujeres afganas. Es un retroceso, una involución y una violación de los derechos humanos y de la mujer. Y creer que denunciar lo que ocurre le corresponde a las feministas es no entender nada. Peor aún, es que te den igual todas esas mujeres y solo utilizarlas para criticar el feminismo más occidental que defienden y luchan las mujeres que tienes alrededor.
No soy experta en el conflicto afgano ni en feminismo y para hablar de ellos trato de informarme y formarme todo lo posible. Leer y escuchar a quien sabe y a quien lo vive es la única forma posible de ser capaz de emitir un juicio –medianamente– justo. Aun así, nunca son cero las posibilidades de equivocarnos. Por eso no entiendo a quienes creen que todo lo saben –Tolosa, como los llama mi madre– y que están por encima del bien y del mal. Si no sé algo, yo me callo. Si tú no lo sabes, hazlo también. Si vas a criticar lo que no entiendes, comprende primero que no vamos a dejar que tu voz suene más alto que las nuestras. Y menos cuando se trata de la defensa de la mujer y de los derechos humanos.
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