No ganamos para sobresaltos. Incluso si uno es capaz de superar el trauma que supone un asesinato, el trauma que supone una detención,el trauma que supone el fin de esa detención y demás traumas, cuando todo parece que vuelve a la presunta normalidad, resulta que el nuevo presidente se pone a dar un discurso en una de esas galas que aparentan ser de Nochevieja y, en el momento que toma la palabra, explotan los globos que adornaban el escenario. Lo dicho: no ganamos para sobresaltos.
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