La historia recuerda otros conciertos celebrados en circunstancias parecidas por directores de orquesta empeñados en combatir el odio con la música y nos retrotrae a imágenes que pensábamos enterradas en la memoria negra del siglo XX europeo al tiempo que nos enfrenta a las que ahora mismo están ocurriendo en Alepo y en otras ciudades del Oriente Medio y en lugares remotos de África y Asia. Los asedios y el hambre no se acabaron el siglo anterior; al revés, se reproducen en éste por todo el planeta sin que la humanidad logre terminar con ellos. Así, que la música, la literatura, el cine, el arte en cualquiera de sus manifestaciones pretendan avanzar en su desaparición no deja de ser una quimera, un sueño utópico de algunas personas empeñadas en combatir la violencia y el odio con otras armas diferentes de las tradicionales. Mientras la humanidad no salga de la caverna, mientras las religiones manden en la interpretación del mundo, mientras los nacionalismos y la civilización tribal y el abuso de unos hombres y unos pueblos sobre otros sigan siendo los ejes de nuestra cultura, la barbarie continuará siendo el lenguaje universal del mundo y la música no alcanzará a acallar el ruido ni a saciar el hambre de esas personas que a lo que aspiramos es a sobrevivir oyendo unos instrumentos que, en vez de agredir al prójimo, te hacen la vida más feliz, como los de aquellos músicos de Leningrado que durante un par de horas pararon el ruido bélico de la ciudad y llenaron su hueco inmenso de belleza.
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