Yo no he conocido la miseria y tuve la fortuna de librarme de la abundancia y del derroche. Que nada sobre es un buen puntal en la forja del carácter. La luz es gratis, los caminos que llevan al río y que llegaban a los huertos. Muchos huertos estaban en la parte de atrás de aquellas casas en las que todavía se convivía con bestias y animales. Los huertos, antes de ser ‘ecológicos’, ‘saludables’, ‘urbanos’, los huertos antes de ser entretenimiento de jubilados o fines de semana de ciudadanos comprometidos con su salud, con su tiempo y con el medio ambiente, es decir, antes de ser un lujo, los huertos fueron necesarios. En esa necesidad de alimento, junto a las patatas, los repollos de berzas, los tomates, los pimientos, las zanahoria, alguna lechuga y el regalo de unas fresas para los niños o el enfermo de la casa, junto a esa necesidad de alimento, en los huertos siempre se guardaba un pequeño esquinazo cercano al adobe de la tapia que protegería, en el que se cultivaban alelíes, gladiolos, hortensias, dalias, margaritas. No faltaban las flores en los huertos, tengo el recuerdo de ese pequeño espacio reservado, retazos de surcos, para satisfacer la necesidad de la belleza.
Esas flores humildes, de tapia de adobe, cuya simiente se conservaba de año en año, eran la expresión más honrosa de la belleza y cultivándolas, regándolas con la última regadera, el hombre honraba la vida, el hogar y los altares. La belleza, las flores como un alimento del que no se puede prescindir, al que no se puede renunciar; los flores, plantarlas, como elemento definitorio de lo humano.
Y la semana que viene, hablaremos de León.
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