Si la provincia de León ha sido últimamente pasto del olvido en nuestra comunidad autónoma, hoy también es pasto de un fuego asolador. Más de diez mil hectáreas de terreno han ardido en la comarca leonesa de La Cabrera dejándonos el alma en un puño y el corazón en llamas.
Un incendio provocado que ha tardado en extinguirse seis días ha arrasado como Atila uno de los entornos rurales más bellos de España. Una zona humilde, ‘como tosco sayal de campesina’ que dijera Antonio Machado, en la que los pocos habitantes que aún resisten han tenido que presenciar un auténtico apocalipsis que convertía en ceniza sus raíces, las nuestras.
¿Cómo es posible que un ser humano sea tan insensible como para provocar semejante infierno? Si no respetamos la naturaleza no respetamos nada, no amamos lo que somos, no somos dignos del aire que respiramos. Y lo peor es que la mayoría de los pirómanos no llegan a ser descubiertos y si lo son, su castigo no es ejemplar, no está a la altura del daño. Creo que la ley contra delitos ecológicos debe endurecerse para que ningún verano más tengamos que presenciar estos actos vandálicos, este terrorismo suicida y monstruoso que elimina de cuajo nuestro mundo, los montes que nos vieron nacer, los ríos que nos alimentaron la infancia.
Espero de todo corazón que se encuentre al culpable y espero también que esta comarca, cuyas fuentes de ingresos dependían de su privilegiado entorno, reciba la ayuda necesaria por parte del Estado para paliar esta desgracia que no es sólo natural, es también económica y vital, pues siendo sus recursos agrícolas, ganaderos y turísticos, un incendio así deja a los cabreireses a la intemperie.
Huertos y árboles sin frutos, animales sin pasto, fauna y flora asesinadas, ríos que con las últimas lluvias arrastran ceniza en su caudal. Hombres y mujeres sin agua potable, sin comunicaciones que hoy en día todos consideramos habituales, incluso imprescindibles, como la telefonía. La Cabrera permanece aislada, desierta y oscura. De nosotros depende que no se repitan catástrofes semejantes, que no se olvide la herida, que la tierra vuelva a ser prado, que no se contemple el éxodo.
«Hermosa aquella tierra donde hay una casa verde/al amparo de otra lluvia/con fragmentos de tierra en el costado/y quietud reclinada en las paredes. Como una casa dormida en el tiempo…», decía hace unos días el poeta Eugenio Marcos Oteruelo, tan ligado al pueblo de Pozos.
Quien hace arder el campo, nos incendia la vida.
La memoria del fuego
02/09/2017
Actualizado a
18/09/2019
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