Confieso que desde que ya no está Benito para hacer cada año la limonada, mediante un proceso artesanal que alargaba durante varias semanas, con toda la paciencia del mundo y la sabiduría de un veterano con buen paladar, no suelo tentar a la suerte de probar caldos a base de vino de garrafón con azúcar que se ofrecen en muchos bares o eventos para invitar al parroquiano a matar judíos.
Benito Aguado, el bañezano que hacía una de las mejores limonadas de León y que no ha conseguido sucesor, nunca tuvo reparos en contar uno de los secretos de su receta de éxito: «hay que echarle vino bueno… pero bueno, bueno; si la haces con cualquier cosa, no es limonada». Nada más que alegar. Luego, día tras día, dos veces, en su oficina de transportes adosada a la capilla de las Angustias repetía el ritual de remover la mezcla de vino –bueno, evidentemente–, azúcar, fruta, canela… y paciencia. Así hasta el día de embotellarla y regalar unas cuantas botellas a un grupo de allegados.
Poco tiempo después de morir Benito descubrí una limonada de invención reciente, hecha con Mencía de agricultura ecológica y de producción reducida, que casi ha logrado sustituir a la del maestro; aunque no es muy fácil encontrar a la venta las botellas con etiqueta vintage. Quizás porque, a pesar de lo cerca que tenemos el Bierzo, «del Manzanal para acá» hay pocas tiendas y bares dispuestos a creer que con vino bueno se hace mejor limonada. Y es una pena.
La limonada, con vino bueno
30/03/2015
Actualizado a
12/09/2019
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