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La lengua de los pájaros

08/12/2021
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Hoy no será soleado, a diferencia de los días pasados, está nublado. Los soles de diciembre son solemnes y altivos como destinos trágicos. Hoy es lluvia, llovizna. Lo adivino antes de descorrer la cortina y mirar.Pero sé que no hay viento cuando veo callada la bandera de España con la que los albañiles han querido celebrar que han culminado el tejado. Abro la ventana con una intuición: no hace frío. Entra en la habitación la atmósfera de afuera, evocadora como un olor, añorada como algunas memorias. Cuando sucede algo así, lo mejor es no hacer nada, ni pensar, ni esperar, menos que nada hacerse preguntas, ni siquiera recordar. Dejarse, sólo, como dijo Bob Dylan: «Algunas personas sienten la lluvia. Otras, simplemente, se mojan».

Igual que un péndulo, me hipnotiza el sonido imperceptible de la lluvia fina. No se oye, pero la escucho. Es algún canalón quien la delata. También lo dice el gorgojeo de una paloma: llueve. El piar de los gorriones, el cacareo de las gallinas del vecino, el canto de un gallo, todos dicen: llueve. También el aguilucho que sobrevuela silencioso el cielo en diagonal.

¿Por qué, de pronto, me invade sin armas una calma tan placentera? ¿Por qué más placer que una sinfonía el de esta pequeña suma de sonidos humildes, a la que se incorporan lavanderas, tordos, pinzones y los jilgueros que han bajado ya de las montañas?

Algo más lejanos que esta sensación –que identifico ya como felicidad–, unos perros ladran, el reloj de la torre de las ocho, desde el otro lado del río la campana de Villamor responde como haría un mirlo y el graznido de un cuervo escarba en los campos de maíz aún por cosechar. No se oye el balar del corderín de Tomi, porque murió anoche, ni al viento en las hojas que ya han caído de los chopos.

¿De dónde esta calma inesperada? Es la felicidad que nace de lo mismo, de lo igual, de reconocer un tiempo que era idéntico al de hoy hace 40 años, 100 años, 1000, los mismos ruidos y la misma lluvia, y encontrarse en él. Porque, esta misma mañana ya fue, yo estuve en ella, ha sido millares de veces y seguirá siendo. Nada le urge al cambio, al progreso a producir más, conserva su simple identidad de ser. En la Antigüedad era admitido que quien comprendía la lengua de los pájaros predecía el futuro, lo único que me parece entenderles decir es que vamos demasiado rápido sin saber dónde vamos y que no se puede avanzar sin conservar.

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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