Jorge Valle

‘La isla de Amrum’

24/05/2026
 Actualizado a 24/05/2026
Guardar

En su libro ‘La incapacidad del duelo’ (1967), los psicoanalistas Margarete y Alexander Mitscherlich acuñaron el concepto «incapacidad de llorar» para referirse a la imposibilidad colectiva de la sociedad alemana de elaborar un duelo real por lo ocurrido durante los años del nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes –traumatizados, pero también responsables en mayor o menor medida de haber apoyado directa o indirectamente al régimen nazi– prefirieron durante años el silencio, la justificación o la indiferencia antes que enfrentarse a la magnitud de lo sucedido. Resultaba más fácil continuar con la vida que asumir las consecuencias morales de la barbarie. Alemania tardó así décadas en iniciar un verdadero proceso de memoria que todavía continúa en el presente: hace tan apenas unas semanas se hizo público el fichero digitalizado de afiliados al Partido Nazi y, más de ochenta años después del final de la guerra, muchas familias alemanas siguen descubriendo que sus abuelos –o incluso sus propios padres– colaboraron con el nazismo. Con ello reaparece una pregunta incómoda: cómo convivir con una culpa heredada, cómo cargar con crímenes que uno no cometió, pero cuya sombra sigue atravesando generaciones enteras. 

Sobre esa pregunta –aunque ambientada en los últimos días de la guerra, con los soviéticos a pocos kilómetros de Berlín– construye su última película el director Fatih Akin. La isla de Amrum, en el mar del Norte, aparece como un refugio suspendido en mitad de una costa alemana hambrienta y exhausta que espera desde la distancia el derrumbe definitivo del mundo en el que había creído. Akin sitúa el relato en la mirada de un niño que se enfrenta desde la inocencia a todo cuanto ocurre a su alrededor sin terminar de comprenderlo del todo. Su madre, fanática del nazismo, en pleno duelo por la pérdida inminente del orden político y moral con el que se identificaba plenamente –no es casualidad que rompa aguas justo cuando escucha por la radio la noticia del suicidio de Hitler–, pierde el apetito y solo desea comer pan blanco con mantequilla y miel, alimentos imposibles de conseguir en una economía local de mera supervivencia. Aun así, su hijo –dotado de una bondad que la película subraya constantemente, como cuando decide dejarle un huevo a la oca a la que le ha robado todos los demás en un gesto de piedad hacia el animal, o cuando salva de ahogarse al refugiado polaco que intentaba robarle la mantequilla–, recorre la isla palmo a palmo, pidiendo favores a los vecinos para contentar a una madre que parece haber perdido las ganas de vivir junto con los privilegios que le otorgaba su adhesión al régimen. Pero sobre el niño pesa también una herencia envenenada: la sombra de un tío exiliado en Estados Unidos y, sobre todo, la sospecha de que sus propios padres han participado –de un modo u otro– en la maquinaria del nazismo. 

Akin, que ya había profundizado en las heridas de la sociedad alemana con ‘En la sombra’ (2017), donde abordaba el auge del terrorismo de extrema derecha en el país, vuelve aquí a interrogar la memoria y la culpa colectiva desde una sensibilidad mucho más íntima y contenida. El director alemán de ascendencia turca construye una película sobria, de silencios largos, paisajes desolados y personajes incapaces de verbalizar aquello que los destruye por dentro. Pero su mirada no se limita al pasado: mientras reconstruye el derrumbe moral del nazismo, ‘La isla de Amrum’ interpela también al espectador contemporáneo con una pregunta perturbadora y atemporal: qué hacemos –o dejamos de hacer– mientras la crueldad sigue ocurriendo ante nuestros ojos.

Lo más leído