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La guerra hecha versos

31/01/2019
 Actualizado a 12/09/2019
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Tengo un amigo que ha estado en la guerra. No era nada inusual hace unas décadas pero hoy no es habitual en esta España zurcida de aquella España desgarrada. Por suerte para nosotros, para las generaciones de la democracia, ahora las trincheras hay que ir a buscarlas lejos. En las misiones humanitarias que es la forma de llamar a entrar en los conflictos que tienen los países en paz. Cuando quedo con él lo miro fijamente a los ojos como si la amistad pudiera pasarme a lo Uri Geller aquella experiencia. Y no es que yo quiera ir a una guerra. Pero aquello te cambia y mi curiosidad insaciable de periodista siempre quiere saber por qué, sentir cómo. El nombre de poeta de mi amigo es José Malvís y se trajo de Irak la guerra hecha versos. Y una mirada distinta, una dureza diferente.

No debe ser fácil ser un soldado poeta e intentar reciclar en belleza el dolor, la muerte, el miedo y la desesperanza. José Malvís encontró la forma, quizá terapéutica, de salvarse en las palabras que quedaron años guardadas, simplemente como memoria del horror vivido y de las lecciones aprendidas para el futuro de vuelta a la vieja Europa. Finalmente decidió, probablemente sintió sentirse preparado, compartirlo más allá de la intimidad de un par de cervezas. Y aquellas noches de silencio hostil, de la inseguridad constante, de las balas y de la sangre. Aquellos meses en un lugar inhóspito y donde no existe la garantía de seguir vivo al siguiente anochecer. Aquel avispero donde la política internacional se hace barro y odio, polvo y venganza. Todo aquello que solo podía contarnos, pero no que podemos sentir, terminó siendo lo que fue desde la primera letra que una pluma ilegal fue trazando en la letrina o el catre con una linterna entre los dientes. ‘Todos los días son lunes en Diwaniya’ es el poemario de aquella guerra a la que España envió 2.600 soldados en tres relevos entre 2003 y 2004 dentro de la coalición internacional. Una obra que llega a las librerías con el aval de haber conseguido el Premio Internacional de Literatura Antonio Machado en Collioure 2018.

Que no, que no es que yo quiera ir a una guerra. Pero a veces me dan cierta envidia las cicatrices en el alma que deja el horror de la realidad, la cruda revelación de la inestable existencia cuando José Malvís confunde estrellas fugaces con balas trazadoras o aguanta la mirada en la niña de rosa tendida sobre una camilla blanca. Porque el terror enseña cómo es todo afuera, que el mundo y la maldad humana es más parecido a lo que se vive allí que a lo que tenemos la fortuna de disfrutar a este lado de las fronteras. «Uno tiene que ir muy lejos para saber hasta dónde puede llegar», estas palabras de Heinrich Böll son una de la citas que abren el libro. Malvís tuvo que vestirse con casco, gafas antiventisca, armas y chaleco antibalas (al que meterle hielo para aguantar los 50 grados como cuenta en otros de sus poemas) para arrancarse los versos como primer paso firme de su apuesta decidida por la literatura. Porque quizá se fue mi amigo del instituto y del desierto volvió José Malvís.

Y si hubiera ido yo ¿quién volvería? No sé si aguantaría la crueldad que nos vuelve animales, las vísceras y el miedo. El miedo constante, como un aliento en la nuca, como única garantía de supervivencia. Si descubriría como Malvís que «no hay nada ni nadie que no esté inmerso en la guerra / Somos guerra». Y nada sería como antes.
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