Se nos vino encima mayo así de repente. Con sus temperaturas de mayo, sus flores de mayo y sus elecciones a casi todo, a todo lo que no votamos el pasado domingo. El domingo, que todavía era abril, ese mes que el Partido Popular hubiera dejado robarse por Sabina. Ahora buscan que la tormenta sea solo un mal recuerdo, una de esas pesadillas que nos sobresaltan sudorosos en mitad de la noche, y acabar este mayo con la vuelta de la primavera a sus siglas. Que rebroten los votos perdidos, esos que han logrado que el PSOE vuelva a ganar unas elecciones en Castilla y León después de muchos años. El gran problema del PP tras el desastre del 28 de abril es la urgencia. Este suspiro que nos queda entre campañas era una baza o un puñal, lo sabían bien todos los partidos desde que se encadenaron las elecciones precisamente para que los vientos de unas se hicieran huracán en las siguientes. «Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir», decía Carl Honoré y en esa ardua tarea están estos días los populares. Incluso económicamente, que menos mal que la reforma de Génova la dejaron pagada.
La única buena noticia para el PP de Castilla y León es que el 26 de mayo se vota Castilla y León y sus ayuntamientos. Una comunidad autónoma que llevan gobernando 32 años y donde las estructuras de partido son una hidra de 2.248 cabezas. No tantas, pero casi, porque presenta candidaturas en 2.221 municipios. Muy cerca anda el PSOE con 2.183 y poco más, que Ciudadanos solo tendrá papeleta local en 559 y Podemos en 58. Ese mundo rural donde cuesta que llegue la cobertura, los médicos y hasta los autobuses, vive aun en su mayoría en la (para muchos añorada) era del bipartidismo. De hecho los ‘populares’ han ganado (sí a 25 días para que se abran las urnas) 489 ayuntamientos. Lugares donde solo se ha presentado su lista o el resto estaban incompletas y donde conocen el resultado sin necesidad de esperar a ningún escrutinio. La tranquilidad en un pueblo también es eso y no solo escuchar jilgueros. Oye y lo que antes se quedaría en anécdota puede que ahora, que han descubierto que siempre hay un sótano debajo del suelo electoral, sea más bien un pequeño alivio. Aunque ‘la España vaciada’ que entró en campaña le fió 13 diputados a Ciudadanos a pesar de no haberse acordado de ella hasta hace un par de meses.
El mundo rural es el elemento diferenciador del 26 mayo y por eso es tan arriesgado lanzarse a la extrapolación de éxitos y fracasos. Allí donde ya no tañen las campanas votan, cada vez menos pero votan. Allí donde el alcalde adopta unas siglas que pudieran ser cualquiera o que van cambiando según las legislaturas y las conveniencias. «Ya he visto que has arreglado la farola, si no no te voto», escuché como le espetaba un vecino de un pequeño pueblo hace un par de semanas al alcalde que aspira a la reelección al entrar en el bar. Sin un ápice de ironía, sin dejar de remover el café ni siquiera levantar la mirada. La ideología es para las ciudades, y los mítines, y hasta los políticos. Ese alcalde que poco después renegaba de estar obligado a acercarse «‘hasta la capital» para arropar un acto de partido de su líder provincial. «Yo no soy de esas cosas, a mí me aburren», apostillaba. «Y tras la fiesta, esta tarde hay unas pastas», le contestaba mientras salía al votante de farola.
La farola o el voto
02/05/2019
Actualizado a
18/09/2019
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