Alguien dirá que, antes de que las piedras desaparezcan bajo las aguas o comidas por la vegetación, mejor será llevárselas y utilizarlas para otros destinos. Puede que tengan razón, pero, en ese caso, que sea el Estado, su propietario, quien lo decida y no sus representantes para su uso particular. Mucho menos los particulares o instituciones como la Iglesia, cuya rapiña ha sido encomiable, como lo demuestran actuaciones como el traslado de la fachada completa del desaparecido palacio de los marqueses de Prado, en Renedo deValdetuéjar, al hospital leonés de Santa María de Regla o de la portada principal de la abadía de Santa María de Eslonza a la iglesia también leonesa de Renueva, solamente en esta provincia. Que continuamente se hable del expolio de bienes muebles sufrido por nuestro patrimonio no debe hacer olvidar el arquitectónico, que ha sido y continúa siendo mucho mayor.
En cualquier caso y puesto que las piedras tienen también dignidad, pese a que muchas personas no alcancen a comprenderla (es un problema de sensibilidad), ya que no las dejan, por la razón que sea, donde les corresponde estar, el sitio y el edificio para el que fueron labradas y concebidas, al menos que, cuando las arranquen y trasladen de esos sitios, los responsables de ello se ocupen de conservarlas como merecen y no las dejen abandonadas a su destino como, al parecer, está sucediendo con esa hermosa fachada renacentista de una casona de Vegamián incluida por Hispania Nostra en su famosa lista roja de edificios y monumentos en grave peligro.
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