La cultura tiene ideología. Una paloma de Alberti, el Madrid en guerra civil de Foxá, ‘Lugar de encuentros III’ de Chillida, una canción de Silvio Rodríguez, ‘El gran dictador’ de Chaplin, la danza de Nacho Duato. Y debe tenerla porque su esencia, además de buscar la belleza, es la libertad de expresión del individuo y sus circunstancias. Hacernos sentir y movilizarnos hasta una forma precisa de estar en el mundo. Ponernos frente al espejo o abrir las ventanas para mirar más lejos. ‘Los desastres de la guerra’ de Goya, ‘El mundo de ayer’ según Zweig, un poema de Lorca, un crucificado de Gregorio Fernández, autorretrato de Frida Kahlo. Por eso la cultura es la mejor escuela de ciudadanía. El hecho cultural, en todas sus disciplinas, educa ciudadanos libres porque los vacuna contra la ignorancia. Permite ver la realidad a través del tamiz del otro, algo cada vez más complicado en la sociedad de las burbujas. Reconocer la empatía, el rechazo y renacer por catarsis.
Pero la política cultural no puede tener ideología o acaba en oficina de propaganda. Su labor es gestionar para todos una oferta diversa y de calidad. Sin embargo la clase política está convencida de que gobernar es conquistar una plaza, y por tanto, debe ondear siempre su bandera partidista. No nos quedan gobernantes para la ciudadanía si no comisarios políticos, de izquierdas y derechas, nombrados por cuatro años. La política se ha vuelto tan estrecha que es incapaz de defender la gestión cultural transversal que necesita una sociedad sana. Y la cultura es ancha, tan ancha como el mar al que quería llevar a sus alumnos el maestro republicano de la obra de teatro recién cancelada en Briviesca por el nuevo alcalde. Un concierto de Julio Iglesias, una película de Almodóvar, ‘El jardín de las delicias’ de El Bosco,‘Guernica’ de Picasso, una comedia de Calderón de la Barca, ‘El abrazo’ de Genovés. La cultura de la cancelación y el señalamiento no es más que otra preciosa jaula.
La cultura de jaula
06/07/2023
Actualizado a
06/07/2023
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