He sido rebelde, antisistema y casi revolucionario. No lo escondo porque la vida no la marchitan tanto los años como la ausencia de motivos de rebeldía incluso calmada la juventud. Uno muere cuando ya no es insumiso a nada y ni siquiera se revuelve ante la llegada de la propia muerte. No hay rebeldía más heroica que la que se levanta contra la vejez. Pero espero estar aun muy lejos de ese trance y reconozco haberme sublevado una tarde cualquiera de este otoño presente. No pude aguantar las ganas, la ansiedad de meses intentando aplacar el deseo. Y estuve allí, en un lugar prohibidopor la dictadura del algoritmo y por el totalitarismo tecnológico. Era media tarde y el cielo anunciaba tormenta.
Fue en Valladolid, donde puede visitarse la exposición que jamás vería en Facebook. La red social censuraría cada una de las obras con los nuevos rombos binarios que no saben distinguir la zafiedad de la belleza. ‘La invención del cuerpo’ es una extraordinaria colección de desnudos, anatomía y pasiones solo para sublevados artísticos. En la penumbra de sus salas uno se siente una suerte de Galileo pregonando las redondeces de las mujeres de Rubens mientras le tapa los ojos y el micrófono al teléfono móvil para esquivar la inquisición 4.0. Hay torsos masculinos de Juan de Ribera con la musculatura bien marcada, dulces pechos (con pezones de esos que escandalizan al ingenio de Zuckerberg) pintados por Tintoretto y Veronese. Cuerpos retorcidos, que llevan siglos en movimiento, de Juan de Juni y Berruguete. Un vaciado de la Venus de Milo sin manos (que diría Sabina) para ahondar en el pecado.
Recordaba esta semana Arturo Pérez Reverte una de sus advertencias más repetidas, «utilizar la mirada del presente solo para juzgar desde aquí los hechos del pasado es un error que impide la comprensión y el conocimiento. Pero es lo que hay, lo que nos gusta». Pues ahora nos gusta vendarnos los ojos, también ante la belleza corporal, estrechando hasta gatera de desván la ventana digital por la que nos asomamos al mundo cada mañana. Esta exposición enseña el tránsito artístico de la representación humana del medievo, donde los cuerpos parecían carecer de huesos y piel, al estudio anatómico del Renacimiento que incorpora la emoción al hacerse barroco. Toda una provocación en este nuevo siglo donde somos todo piel, hipersensible y muy finita. Uno abandona el Palacio de Villena como aquellos que salían de algunas librerías escondiendo bajo la gabardina un par de libros prohibidos en los años de la cruel dictadura franquista.
Los museos son sediciosos ante la dramática censura postmoderna. Cría cuervos y te sacarán los ojos, a nosotros nos ha bastado con criar complejas y frías ecuaciones. Que me detengan por sedición, así por amor al arte, que no pretendo alquilar una villa en Waterloo ni pedir asilo en la embajada de Ecuador en Londres. El arte es lo que queda, la huella que la humanidad va dejando, el libro de instrucciones de cada época. Pero ante otro futuro que condene o malinterprete hay artistas capaces de robarle su sentido y hacerse efímeros, brutalmente efímeros. Ahí tienen a Bansky (genialidad o marketing) que tras vender una obra por más de un millón de euros la hizo trizas ante el atónito público de la subasta. La niña se quedó sin globo rojo y el globo rojo sin niña. La cultura se ha vuelto revolucionaria. Otra vez, esa es la mejor noticia.
La censura más bella
11/10/2018
Actualizado a
18/09/2019
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