No son pocos los escritores que también han sido soldados. Destacan entre ellos Esquilo en Maratón, Cervantes en Lepanto –«la más alta ocasión que vieron los siglos», cuyo 450 aniversario ha pasado sin pena ni gloria», y Dante en Campaldino. Detengámonos ahora en este valle entre Florencia y Arezzo. En las batallas medievales italianas, la primera línea la formaban los llamados ‘feditori’, los encargados de herir, que eran quienes abrían la carga contra el enemigo o la recibían. Según cuenta Villani en su crónica sobre Campaldino, al escasear los voluntarios para ocupar ese primer embiste, por cada barrio se encargó a un capitán que eligiera quiénes serían sus ‘feditori’. Vieri di Cerchi, capitán del barrio de porta San Piero se eligió a sí mismo, a sus hijos y a sus sobrinos. Decisión que sorprendió. «Por su buen ejemplo y por vergüenza, muchos otros ciudadanos nobles se ofrecieron voluntarios».
Es importante dar ejemplo. La ejemplaridad debería ser un requisito incuestionable en todo capitán, dirigente, alto cargo. Sin embargo, lo estoy escribiendo y me da la risa. Este es el nivel al que hemos caído como comunidad política. He llegado al pensamiento de enfrentamientos y combates al leer estos días las noticias sobre las negociaciones para elegir a los nuevos jueces y tribunos, porque algo tienen de campo de batalla, al menos parece que hay dos bandos enemigos. Sin embargo, carece de toda ejemplaridad el mercadeo de asientos y me temo que los elegidos. Ahí los quisiera ver yo, asomando cabeza, levantado mano, si el honor fuera ser la punta de lanza en una batalla auténtica.
Y la semana que viene, hablaremos de León.
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