Ciudadela era una pequeña ciudad con una catedral y pocas fábricas. La Gran Guerra asolaba Europa y España daba rienda suelta a una revolución industrial tardía, aquí traída por los holgados capitales vascos en forma de bocaminas y escombreras en las que afloraba el carbón. Riqueza, prosperidad y nuevos aires dieron aliento a la nueva política, tan influida y tomada por los negocios de ocasión y el despegue de fortunas y vanidades nunca saciadas. Luis Zandívar participó en ella, a caballo entre el vínculo con los obreros que mandaba y su condición de millonario. Fue un mago de las finanzas en una era de vértigo y, al cabo, se vio sumido en una situación económica ficticia, convirtiéndose en "un verdadero símbolo de los tiempos".
Su bancarrota compartió la caída en cascada de otras muchas fortunas. El crack de 1929 tuvo su metáfora perfecta con el disparo con el que suicidó Fernando Merino, farmacéutico, mandamás y conde consorte, arruinado como tantos y como Luis Zandívar, quien "en su desastre tenía comprometido el patrimonio de su suegra, y había bordeado el Código Penal en tal forma que, a menos de ofrecer una inmediata reparación, solo asequible a los tíos de su esposa, dos ricachones reconcentrados en sí e insensibles, no podía salvarse a no ser huyendo hacia la expatriación". Su esposa planeó la venta de aquella joya –la bagatela– para salvar la situación, pero él renunció a la idea. Se veía una decepción, no soportaba en sí el fracaso personal de quien todo lo tiene y lo ha perdido. Luis Zandívar es el trasunto de Bernardo Zapico en la novela ‘Bagatela’, publicada en 1958 con el pseudónimo Xenón de Criptana. (Los entrecomillados son fragmentos de la novela).
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