Martes, 19. Mi perro Blues me pasea, conecto por el móvil mi radio habitual y veo que la pantalla noticia negro sobre rojo una última hora: «La Audiencia Nacional imputa al expresidente Zapatero». Incredulidad. Tristeza. Tristeza que pronta aderezada de dudas (¿cloacas judiciales, policiales y políticas; control del poder judicial por la ‘puerta de atrás’?) da paso a una reacción visceral de suspicacia y justificación de la imputación en una maniobra proveniente de alguna/s de las citadas pocilgas. Busco en internet el auto de imputación, aún ningún medio lo ha publicado. Leo entonces la nota de prensa de la Audiencia Nacional a cuyo gabinete hay que agradecerle el uso de algunos verbos en tiempo pospretérito, condicional o potencial más propios, para mí, que las afirmaciones en presente indicativo referidas a Zapatero, en el más tarde conocido auto.
Mas, típico, no hizo falta conocer el citado auto para que gran número de medios y ciudadanos se convirtiesen por arte de birlibirloque bien en experimentados juristas de pro bien en lucidos papagayos que repiten hasta la saciedad, ora, contentos, sentencia condenatoria firme y ejecutoria; ora, entristecidos, exculpación y absolución de toda responsabilidad penal al investigado, que no juzgado, expresidente Zapatero. Es decir, aplicación inmediata, cuando aún no ha declarado como imputado, de la utilizadísima y aprovechadísima en este país, por tirios y troyanos, Ley del embudo.
Y mientras tanto, unos de nuestros próceres, olvidadizos ellos, sin tener presente para nada, como antes hicieron otros, la presunción de inocencia consagrada en nuestra Constitución. Como llaman la atención las varias velocidades dadas en el desarrollo de investigaciones y redacción de informes por parte de unidades policiales (léase UDEF o UCO) en casos, como el presente, de gran importancia para enjuiciar otros presuntos asuntos del delito nacional que tanto nos perjudica: la corrupción.
Aparco mi decepción en la poesía, en ‘Los últimos días de Trotski’, de José M. Lucía Megías, y espero respuestas a «¿Cuán larga puede ser la sombra del enemigo? / ¿Cómo de certeros sus zarpazos moribundos?» o, de su mano en Maiakovski, si: «Estimados camaradas descendientes: / cuando hurguen la mierda petrificada del presente, / estudien las tinieblas de nuestros días / ustedes tal vez pregunten también por mí». Golpea mis sienes la ya vieja pregunta: ¿Y toda y tanta lucha fue para tanta podredumbre por doquier? Dolido, vuelvo a la poesía, ¡a la vida me voy!
¡Salud!, y buena semana hagamos.