La picaresca es un género literario que le va bien a un tipo de leoneses, de los cuales tan solo voy a nombrar a dos: Julio Llamazares, el escritor de Vegamián, y AnGLillo, el de Cármenes , fundador de los Filósofos de lo rural sin obra publicada (FruralSOP) muy estudiado por Fulgencio Fernández (Pícaro camuflado de «soltero y entero» hasta que se topó con la Pepa, su Contraria).
El motivo es celebrar que una de las obras de Julio Llamazares: «El entierro de Genarín,« haya sido «musicado» por Martín Moulín en forma de opereta, o como los expertos la llamen y que, a partir de ahora, los aficionados a la ópera bufa, tan abundante entre los grandes músicos europeos, podamos degustar una que nos afecte en directo y con todas sus consecuencias.
Entre la tan extensa , y excelsa, sociedad de los escritores leoneses , hablando de la picaresca se suele citar a «La pícara Justina» como antecedente a degustar; aunque para el cronista hay otros como el Padre Isla, su paisano, que no se quedan atrás: Pero eso es otro cuento y, sbre todo, por favor, que nadie confunda pícaros con mostrencos..
Ahora se trata de celebrar que a Julio, que tantos géneros y tan bien ha tocado (Viajes, cine, poesía, novela) lo incorporen a a ese género de la música, al cual varios de sus amigos han estado cortejando. Recuérdese a Angel Fierro, y su Moro Quil «musicado» por Julio Ferreras, y tambien, de otros autores, tantos poemas como nos han cantado muchos de los cantautores. modernos.
Deseando está el cronista de escuchar esa öpera bufa de Genarín, el héroe del arrabal provinciano, el ilustra pellejero, el santo protector de sus cuatro evangelistas dados a empinar el codo para soportar el ominoso agravio del vivir diario en un ambiente cazurro y castrón y en el que la supervivencia queda reservada, como en muchas novelas de Luis Mateo, a aquellos seres capaces de transformar la miseria en heroicidad, y el fatídico y mostrenco diario vivir en provincias en toda una obra de arte.
Que «El entierro de Genarín» haya sido tomado por asalto por una juventud ahíta de monsergas y procesiones, y haya sido como un antídoto para calmar el sopor de una religiosidad tal alejada de lo que pareciera que debiera ser hoy día, más centtrada en la caridad que el «empingoroteo», eso no es óbice para que el libro de Julio Llamazares no sea en sí mismo un ejemplo magnífico de un género literario tan escaso y que el de Vegamián ha sabido darnos como una joya más de su preciosa obra.