Nadie sabrá que será de sus huesos cuando solo sean huesos que ya no aguantan el peso de los años. Cuando se amontonen haciendo ruido y esquirlas de polvo quevediano que quizá tenga sentido, que quizá sea polvo enamorado. Si uno quedará para siempre en la memoria como Yorick, como la calavera desnuda alzada por la mano del príncipe Hamlet para recordarnos que al destino no le importa lo que fuimos. Porque hay veces que la trascendencia sucede por el camino menos esperado y resulta más relevante lo que vieron aquellas cuencas ahora vacías que las palabras que pronunciaron o las alegrías y sinsabores de toda una existencia.
En Ledesma, un municipio de Salamanca, hay una iglesia llamada de Los Mesones. En su interior en 1965 apareció un arca del que hablaba una leyenda. Una arqueta de madera, forrada de piel, que contenía restos de tres cuerpos y una nota: «Los gloriosos Josefo, Isacio y Jacobo, pastores de Belén que merecieron ver y adorar los primeros a Cristo, Dios y hombre recién nacido en el Portal». Unas reliquias que habrían sido traídas de Tierra Santa por un caballero con origen en este pueblo en el siglo XI y que siguen siendo un misterio. No se ha podido certificar su autenticidad pero diversos investigadores sí han logrado encontrar referencias a estos Santos Pastores en la historia de la localidad. Durante tiempo hubo una cofradía que los veneraba y un estudio de hace unos años de la Asociación de Belenistas de Madrid recogió apuntes históricos que contaban que la parte de los esqueletos que falta fue expoliada por muchos vecinos que se llevaron a su casa trozos de huesos para que protegieran sus hogares.
Josefo, Isacio y Jacobo. Si existieron seguro que nacieron y murieron pastores sin conocer más atardeceres que los de las cercanías de Belén. Humildes y recios, con las manos ajadas de cuidar su ganado, habrían tenido el privilegio de asistir al nacimiento del hombre que cambio la historia de la humanidad, y la suya propia. Puede que esos tres primeros que se postraron ante aquel recién nacido continuaran con su vida sencilla sin capacidad para soñar siquiera que tras su muerte recorrerían la cristiandad para terminar siendo ellos los adorados a los que pedir milagros. La fuerza de la Fe les ha concedido la santidad por contagio, como a todo lo que relata la tradición más que la Historia de uno de los periodos más desconocidos de la vida de Jesús. En Colonia, un precioso gran cofre guarda los restos de los tres Reyes Magos. Varias maderas de la cuna del Mesías se veneran en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, y eso que los evangelios no describen cuna alguna en el portal. En ese y otro templo romano rezan ante pedazos de santos pañales. Tres hilos de aquel primer ropaje de Jesús dicen custodiar también en Lérida y aseguran que curan enfermedades. Pero el fetichismo religioso sobre la Natividad conoce pocos límites. En El Escorial y en Valencia durante siglos tuvieron supuestas plumas del Arcángel San Gabriel, el Museo de Prehistoria Contemporánea de Roma posee la presunta cola del asno del portal y entre las reliquias vaticanas existe una botella que dice contener un suspiro de San José. La Iglesia prohibió por irrespetuosa una de las más extravagantes, el santo prepucio, que incluso tuvo una orden de Hermanos Caballeros que lo protegían y sacaban en procesión (cuentan que llegó a haber hasta 14 santos prepucios en Europa). Queda claro, cada uno se gana el cielo como puede. Quién sabe si nuestro meñique recibirá alguna vez plegarias. A aquellos tres pastores les bastó con la curiosidad.
Josefo, Isacio y Jacobo
04/01/2018
Actualizado a
12/09/2019
Comentarios
Guardar
Lo más leído