David Iglesias

El jefe de Rodillazo

Periodista
14/05/2026
 Actualizado a 14/05/2026
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La mayoría le llamaba Jesús. Su mujer, durante casi 67 años de vida en común, ‘Jesu’. Le concedieron el título popular de ‘último guardián de Rodillazo’. Llegó a ser papá, abuelo y hasta ‘bisa’. Y, para todos nosotros, su familia, era ‘el jefe’. Jesús García Fierro falleció el pasado 28 de abril, mientras los truenos y la lluvia se adueñaban del Monte San Isidro. «Terminó su peregrinación», dijeron varios curas en el tanatorio y aquel eufemismo religioso me hizo pensar que su camino, el ‘Camino de Jesús,’ no pudo haber sido mejor, por mucho que algunos de la Iglesia se empeñen en limpiar a través de rosarios perpetuos supuestos pecados que en realidad son simple y llanamente errores de todo ser humano. 

Y fue un camino que pudo haber sido muy distinto, ya que no auguraba nada bueno venir al mundo en un pueblo humilde y vivir una infancia rodeada de maquis que, con el fusil como saludo, robaban de la casa lo que buenamente recibían del campo y el ganado. O quizá sí, quizá ese ambiente marcó su carácter y el de toda una familia. Desde 1930 contó el valle del Torío su historia. Su padre murió cuando tenía apenas 10 años y fue uno de los últimos alumnos de la escuela de Rodillazo, un pueblo, hoy más bien una aldea con un puñado de habitantes, perdido en el municipio de Cármenes. Conocía los valles de Sancenas y el Murukil como nadie. – Si un día vais al valle de la cueva de Santiago veréis un chozo. Él lo construyó–. Los 2.100 metros del pico Polvoredo, o ‘el Fito’ como él lo llamaba siempre, los subió decenas de veces hasta que las piernas comenzaron a quebrarse. Históricas subidas al ‘Fito’ que heredamos su familia y hoy nos niega a todos los leoneses el llamado «marqués» –sin serlo– para hacer su coto privado de caza en todo el valle de Correcillas. La montaña fue su hábitat durante tres largas décadas hasta que la vida –el trabajo y los hijos, sobre todo– lo llevó a peregrinar hacia Villaquilambre. Después a León y hasta el sur, gracias al Imserso. Mi abuelo, que se crió entre la nieve, estuvo en Canarias. Ya llegó más al sur que yo.

Mi abuelo contaba que había visto nevar en todos los meses del año excepto en agosto. Y hablaba muy poco, lo necesario. ¿Para qué más? Ya en los últimos años en los que su salud le permitió subir a Rodillazo, lo recuerdo siempre en su tumbona, la de siempre, la que tenía más o menos la mitad de años que él y se había adaptado a su figura de tal forma que no había tumbona recién salida de la tienda que le hiciera abandonar su puesto habitual. No faltaba, eso sí, su ruta de cada mañana, con paradas en el huerto, en el campo donde estaba el ganado de su hijo y en el banco de piedra de Rodillazo, donde, si yo tuviera dotes artísticas, le inmortalizaría de alguna forma. 

«20 y 20, 40» decía con humor al soplar las velas en su 90 cumpleaños, recién salidos de la pandemia. Siempre dijo que yo tenía que ser ingeniero y cuando no entendía algo se encogía de hombros con ese gesto tan suyo, el que hizo el día que le conté que iba «pa periodista». Como si no tuviera claro el camino que recorrería, aunque ya luego, cada vez que me veía, me saludaba con un «¿qué tal va eso del periodismo?». Y así tantos momentos que hoy solo son recuerdos y agradecimiento por ser el nieto de un paisano leonés que fue y siempre será ‘el jefe de Rodillazo’. Donde ahora ya siempre estará.

El jefe de Rodillazo
El jefe de Rodillazo

 

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