27/09/2026
 Actualizado a 27/09/2026
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Cada año invaden nuestro territorio cerca de cien millones de personas, alojadas sin mayores problemas en un país donde no hay viviendas asequibles para sus propios ciudadanos, pese a lo que proclama pomposamente su ley fundamental. Son bienvenidos.

Cada poco, voceadores, abanderados, evasores fiscales y demás patriotas de campanario abonan su forma de ver la historia recurriendo a leyendas medievales o epopeyas de cartón piedra que se alejan de la realidad como un cuento de Calleja. En ese repertorio escogen pellizcos de cronicones militares, un par de anécdotas políticas amojamadas y alguna arenga con exceso de condimento y cocinan un pasado alternativo que nadie en su sano juicio se cree. Esa manera de expurgar y deformar a discreción el pasado suele rehuir sanos productos de temporada: las épocas recientes, precisamente las mejor conocidas y más influyentes en el presente y, en nuestro caso particular, las menos ejemplares, si es que alguna época lo fuera. El siglo XIX, por ejemplo, no gusta. El colonialismo, por ejemplo, se tiene por un plato indigesto que nadie quiere catar.

Entre todas las tierras del planeta, las africanas han sido las más expoliadas, sojuzgadas y atracadas a placer durante los últimos siglos por potencias europeas que suelen mirar para otro lado cuando se mencionan sus atropellos. Millones de personas fueron masacradas o esclavizadas en beneficio de Occidente, mientras sus recursos se dilapidaban en favor de magnates extranjeros. El continente entero sufrió y sufre las consecuencias de ese sometimiento, bien patente en las líneas rectas de sus fronteras artificiales o en la deformidad del mapa Mercator que ahora, simbólicamente, se reconoce discriminatorio.

Aún hoy, el sustento de regímenes dictatoriales ‘amigos’, la depredación de recursos naturales o la pobreza ajena que sustenta nuestra manirrota forma de vida hace de los países africanos, de Marruecos a Mozambique, de Namibia a Egipto, lugares ignorados por los noticieros: una enorme extensión de tinieblas conradianas se extiende más allá de Gibraltar. Es esa zona de sombra creada por nuestros focos la que sorprende cuando un destello ilumina el otro lado de los muros: la infelicidad, pobreza y sufrimiento que en buena parte hemos provocado han saltado la verja de Ceuta y han acampado en sus calles, mínimo eco del saqueo de ese continente. Ni la ley ni el sentido común ofrecen otra salida que tratar con humanidad a los menores que aún vagan por Ceuta e intentar resolver la situación con tiempo y tacto, virtudes extrañas a esta época de inmediatez y duelos al sol de las pantallas.

Por estos y tantos otros motivos, que alguien se refiera a esos miles de desesperados, ahogados algunos en su intento, abandonados otros al raso sin otra esperanza que vivir un poco mejor, como una ‘invasión’ y arremeta contra quienes intentan ayudarles solo refleja lo miserable que, desde el bienestar y la irresponsabilidad, se puede llegar a ser. 

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