Pero sigo. Preguntaba por intelectuales de hoy, a tiempo completo, fuera de algún valiente aislado y esporádico como Muñoz Molina, Savater hijo (el padre rayó, desnortado y gagá) o pocos más agitadores por aquí, que provoquen debates públicos, abiertos.
A propósito de perder el oremus, en abril murió Vargas Llosa y unido al elogio de su calidad literaria asistimos al blanqueamiento total. El mundo de la cultura lo ensalzó como intelectual. ¿Lo era? Es dudosa esa categoría para un defensor de líderes como Bolsonaro, Aznar, Milei, Rivera, Casado, Cayetana, Ayuso… e incluso Rosa Díez. ¡Menuda rastrojera! ¿De verdad se le puede catalogar de intelectual cuando mostró su apoyo a toda esa patulea? La militancia liberal es legítima (empezó ya abducido con los postulados de la Thatcher ¿?) pero la defensa de ciertos líderes no. Hay límites, debe haberlos. Ideólogo es una cosa, intelectual otra. Algún defensor escribió cosas como «mientras otros intelectuales elegían justicia o revolución como valores rectores, Mario eligió libertad» ¿Qué argumento es ese? Error de inicio, de concepto, como si se pudiese elegir el modelo de intelectual que uno quiere ser, a la carta. Pues no: eres o no eres… y libertad no existe sin justicia. Tampoco podrá hablarse, en rigor, de intelectual de ultraderecha o ultraizquierda; es un oxímoron. Ni de que lo sea el que más puede, ¿alguien se atrevería a etiquetar a Trump como intelectual porque tiene poder de influir?
De modo que en su adiós se produjo la confusión del incuestionable literato con el discutible pensador. Nada que objetar a su altura como novelista, enorme. Aunque, también hay que decirlo, hasta cierto momento, como sucede en todos los escritores que pierden fuelle con la edad, cuando te toca la china; digo la salud, sin maldad. Al final escribió novelitas (‘Travesuras…’ y por el estilo) que se acercan más a folletines rosa o libros de viajes, pero las fabulosas obras iniciales no se las quita nadie. Otra cosa fueron las necrológicas laudatorias como «defensor y héroe de la libertad» o exageraciones de ese calibre. ¿De qué libertad?, porque pocos años antes de morir se despachó con aquello de «lo importante de unas elecciones no es que haya libertad, sino votar bien». ¿En qué quedamos?, libertad sí pero cuando votan lo que yo quiero. Con pensamiento tan polémico y contradictorio es difícil situarle en el escalón de intelectuales de primer orden como Camús, Orwell y compañía, como quieren sus adeptos.
Y este es otro ejemplo de que un gran literato no tiene porqué ser necesariamente un gran intelectual o un tipo coherente, de hecho casi nunca coinciden ambas carátulas. Pero sobre todo repitamos lo esencial: la categoría de intelectual clásico debería aplicarse a los que defienden derechos (de los débiles, no de los poderosos; ¡de Gaza, no de Israel!) se identifican con causas sociales, protestan severa y dignamente y se posicionan contra la opresión del pueblo. Y repitamos lo evidente: no se ve a nadie de peso, que dé la talla, al menos en este país.