Mucho se habla de trapos sucios de hoy y poco de los de anteayer. Aquí hubo escándalos mayúsculos que se diluyeron en el tiempo y se quedaron en escandalitos pasajeros. Aquí hubo siempre corrupción («es inherente al sistema», Galbraith), abuso de poder, cloacas, golpes de estado expresos y tácitos, injusticias flagrantes y ausencia de división de poderes. Repaso general y mínimo de una democracia devaluada: un partido al que la Udef acusó de operar como organización delictiva, otra formación legal a la que Interior persiguió con fondos públicos, un monarca inviolable enriquecido prevaliéndose del cargo, un club de fútbol cerrando negras operaciones urbanísticas en su palco blanco, el presidente de un alto tribunal tiznado por los ‘wasap’ de un senador pero que siguió de juez hasta su jubilación, bancos lucrándose de sus clientes, grandes evasores fiscales a los que un gobierno amnistió, chiringuitos financieros… y medios esparciendo bulos a sabiendas y en sus cotas más bajas de credibilidad. Ponga cada uno siglas, rótulos y nombres propios.
Todo eso ocurrió y sigue la racha y lo preocupante es que apenas nadie dice algo contundente al respecto. Nadie levanta la voz, fuera de la valentía asociada a la barra del bar, por tanto escándalo. Machado, rescatado a menudo cuando se trata de ganar cruzadas, se apartó en sus inicios del compromiso y después se arrepentía «de ignorar que la política podía ser una actividad esencialísima, de vida o muerte, para nuestra patria»; entonces tomó conciencia y hasta creó un aprócrifo para la causa, Juan de Mairena. El año pasado quisieron reivindicar a don Miguel. Bien, ¿dónde están los Unamunos y Machados de este siglo, dónde los intelectuales entre profesores, periodistas, escritores o artistas actuales comprometidos en la vida pública o social? Al menos hasta hace algún tiempo todavía podíamos contar con los penúltimos influyentes pensadores, sólidos y beligerantes, como Sampedro o Lledó, pero ahora, ¿dónde está el relevo? No se ven: (prueba número uno: si existieran, ¿no deberían estar a diario destruyendo intelectualmente a un teletubbie político como Ayuso?)
Otra viñeta reciente de El Roto zanja la cuestión: «el silencio de los intelectuales; no callamos, es que nos hemos quedado sin palabras». Puede ser eso, sí. O pudiera ser que los pensadores juiciosos hayan sido sustituidos por tertulianos incontinentes y exaltados que opinan sin argumentos. Puag. Pero no son esos predicadores lo que necesitamos sino los que asumen causas sociales, remueven conciencias y sobre todo se alinean con los débiles (¡con Gaza, no con Israel!) cuando se pisotean sus derechos. Esto los identifica, pues si se rinden al poder no nos valen. Si no son críticos y valientes (actitud viril, decía Gaziel), si se muestran indiferentes ante la injusticia con los más vulnerables de la sociedad, no son verdaderos intelectuales ni merecen tal nombre. En otros tiempos inhibirse pudo ser prudente; ahora es ser cobarde/gallina. Y yo me callo prudente, cobardemente aquí, de momento.