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Insulto, luego existo

05/07/2026
 Actualizado a 05/07/2026
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No digo nada nuevo ni infrecuente si la idea de insultar es fundamentalmente un acto de comunicación agresivo cuyo propósito esencial suele ser intimidar. Engarzando con la célebre locución de René Descartes «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum), vivimos hoy una frecuente actitud desbocada, tanto de la derecha del PP como de la ultraderecha de Vox, que podríamos titular, por comparación con el dicho cartesiano, «insulto, luego existo», improperio dirigido contra el PSOE y, en particular, contra el presidente del Gobierno Pedro Sánchez.

El insulto en el ámbito de la derecha española es tal, que lleva a pensar en la «insultocracia», un poder del insulto tanto como ofensa, como también supuesto fértil argumento ideológico de captación de votos. Otra finalidad no se me ocurre. Ya en 2018, por poner un ejemplo primerizo, cuando se interrogaba a Francisco Álvarez-Cascos por la financiación del PP, Gabriel Rufián llamó «palmera» a la diputada Beatriz Escudero, quien le replicó llamándole «imbécil». Un año después, al entonces líder del PP, Pablo Casado, se le escuchó soltando una retahíla de insultos contra Pedro Sánchez (persona qué tiene hoy la virtud de ser, que yo sepa, el presidente de Gobierno más insultado de España y parte del extranjero), entre los que destacan, antes de llegar al extremo de «hijo de puta»: «traidor», «fulero», «irresponsable», «incapaz», «desleal», «incompetente», «mentiroso»… A todas estas rajadas se las justificó no como «descalificaciones» sino como «descripciones». Sin embargo, en la retahíla ofensiva falta nombrar «caracol», por aglutinar: «cornudo», «baboso» y «arrastrao». Tomen nota los «insultócratas». Lo de «hijo de puta» dirigido a Pedro Sánchez proviene de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la «sonrisitas» Isabel Díaz Ayuso, un insulto, luego disfrazado de «me gusta la fruta», que pudo oírse de sus labios cuando se encontraba en el gallinero del Congreso de Diputados y luego ha sido coreado por la plebe bascular a la derecha en distintas congregaciones antigubernamentales.

Actualmente la violencia verbal es la tónica en el ámbito político español, especialmente de la derecha. La dialéctica política se ha envilecido ataviando los discursos con insultos. En la actualidad, somos un país penalizado por un cainismo casi enfermizo, unos en busca de la ofensión rebuscada, otros en busca de una audiencia enfermiza, y todos bajo el común denominador del discurso del odio.

La consecuencia de todo esto que oímos y vemos salir de los labios todos los días, dentro y fuera del Congreso de Diputados, es un ejercicio de política desgañitado y que ya no cuenta con la altura de miras ni de oídas, sino con una falta de educación cívica. Este vacío de educación es trasversal. Y eso es lo más preocupante y alarmante por las consecuencias que pueda tener. El insulto se ha convertido en estrategia. Vivimos, pues, en España, dentro de una «insultocracia», valga la expresión, cada vez más pronunciada. Dentro de una democracia, sí, pero una democracia maniatada por la polarización extrema en un ring de boxeo donde vuelan los protectores bucales después de cada mamporro.

A través de distintos medios de comunicación, visuales o audibles, los españoles presenciamos a diario todo un cúmulo de sandeces discursivas amplificadas por las redes sociales y diseñadas expresamente por el odio, cuya única oferta es el encono y lo altisonante. No hay mejor ejemplo personal que oír todos los días y a todas horas al ínclito secretario general del PP, el señor diputado menos callado, esto es don Miguel Tellado.

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