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La insoportable levedad del led

05/11/2025
 Actualizado a 05/11/2025
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Siempre me ha parecido cuanto menos sospechoso que los turrones caduquen en el mes de noviembre del año siguiente al que son comprados. Una fecha de caducidad que es incluso menos de fiar que aquellos que abandonan en su despensa, sin terminar, las cajas de El Almendro o de Suchard más allá del 6 de enero. Sin embargo, hace unos días pude comprobar en uno de los precoces lineales de supermercados en los que ya es Navidad cómo hasta este límite para consumir el turrón también se adelanta: «octubre de 2026». Definitivamente, esto empieza cada vez antes.

Avenidas con decoraciones navideñas ya instaladas, décimos para el 22 de diciembre que se agotan, un catálogo de juguetes en el buzón, los encendidos definiendo los planes para los próximos fines de semana y Mariah Carey tensando sus cuerdas vocales para dar por inaugurada su temporada anual de facturación. La Navidad ya está aquí y, contagiada por todo lo demás, vuelve con prisa.

La sensación compartida de vivir siempre en vísperas de algo se evidencia como nunca en estas semanas del año. El resultado, también común para muchos, es que uno llega desfondado a las auténticas fechas de Navidad: empachado de polvorones y cenas de empresa, pero también de villancicos, descuentos del ‘Black Friday’ y funciones escolares. No sé ustedes, pero de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que pasados los excesos de la Nochevieja el resto de celebraciones parecen estar de más. Ya no solo el puente de diciembre, casi cualquier fin de semana de noviembre parece vivirse con mayor frenesí navideño que el día de Reyes.

De un modo menos obvio, aunque igual de sutil, también se han adelantado de manera progresiva las vacaciones de verano hasta el punto de restaurarse la consabida rutina a mediados de agosto: la ciudad de León parece entonces sumida en una prematura vuelta al cole y los pueblos de la provincia se vacían un poco antes cada año. La Semana Santa y otras fechas especiales del calendario se dejan sentir igualmente con meses de antelación en actos, escaparates y conversaciones. No podría ser de otra manera en la era de la información a golpe de tuit, de los mensajes de audio escuchados a velocidad 1,5 y de vídeos de un minuto que lo mismo definen ideologías que cómo vestir o dónde cenar.

Esa prisa social dice mucho, tal vez todo, de nuestro tiempo y solo recuperar la filosofía ancestral del ‘cada cosa a su tiempo’ puede salvarnos de nosotros mismos. En el caso de la Navidad que ya asoma, de caer en ‘la insoportable levedad del led’, de esas luces que brillan mucho e iluminan poco. Si no prestamos atención, la época navideña entendida como reencuentro auténtico con uno mismo y con los demás puede terminar por convertirse en otro algoritmo más. En algo así como un turrón que caduca un mes antes de cuando se va a consumir.

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