Qué más dan los bautismos cuando la piel se reduce a hueso. El bautismo solo sirve para los vivos y para certificar que han claudicado ante la guadaña. Para el Estado, somos parte de sumas y restas concatenadas en tiempos difusos. Girón era el individuo número 7. Seguro que el capitán Losada o Paturro le tenían un sobrenombre menos discreto. Pero bajo tierra, desposeído ya de la carne que a tantos les dolía ver en pie, fue uno más entre catorce restos sin nombre. Y, sin embargo, la identidad no se escapa del hueso, sobre todo cuando quiere golpearse el pecho -ya inútil- para clamar que, incluso desde ese lugar desconocido, seguía siendo un guerrillero que luchaba por sobrevivir. Un cavador de viñas que rompe esa premisa de que el hueso no tiene nombre, reconocido por su pelea por la libertad de poder ser. Alguien que tuvo que hacerse casa en la ciudad de la selva, aullarle a la luna, mientras los de las capas diseñaban cada día la estrategia para darle caza. La historia de Girón se escribe con tres muertes y miles de apariciones.
Durante décadas, unos huesos cerraron su historia bajo las flores frescas del cementerio de Montearenas, claveles que alguien no permitía que se secaran. Allí se certificaba su final: para algunos, una victoria; para otros, la tumba de un líder humilde, enraizado en los montes bercianos, asesinado por un país que buscaba sangre para renovar los colores de su bandera.
Pero incluso muerto, Girón ha vuelto a golpear la mesa. Ahora levanta la mano desde su tumba verdadera, la que no se veía venir. Entre los restos apareció un cráneo estallado, encajado en un cuerpo incompleto, de huesos cansados. Coincidía con un impacto de bala. Miles de represaliados llevaban ese tatuaje como salvoconducto al camposanto. Tenía que contar más. Los restos hablaban de un varón de unos 35 años, robusto, no muy alto. El círculo empezaba a cerrarse. Se buscaban 29 fallecidos en aquella parcela sembrada de ausencias, en el cementerio viejo de Ponferrada, y el perfil seguía encajando con demasiadas vidas truncadas. Pero los huesos hablan más, y Girón quería ser él quien cerrara su propia leyenda. Había señales de artrosis, propias de quien camina mucho, de quien sube y baja desniveles. De alguien acostumbrado al frío, con otitis y sinusitis crónicas como secuelas del monte que seguro que se dejaban sentir en sus sienes. Y la estocada final llegó con el ADN: la coincidencia con su sobrino, Ramón, por línea materna. Él fue la clave para confirmar que su tío no dormía bajo las flores de Montearenas. Había permanecido acunado por los movimientos de tierra de 1954 en el Carmen, cuando el cementerio civil fue alterado para acoger a más inquilinos. Desde allí, el «individuo número 7» recuperó su nombre. El de Manuel Girón. Se desempolvaba así una historia de lucha que marcó a una comarca fértil y pobre, sometida a un régimen que engordaba un fascismo sentenciador. Un Bierzo donde las pintadas de Girón vive siguen recordando lo que significó ese nombre que solo luchaba por existir.