Llega de nuevo septiembre, con su vuelta a la rutina y trayendo consigo al otoño. Sin embargo, nos advierte con su llegada también, de la importancia de apreciar a los seres que nos rodean para aprender de ellos.
A mí, septiembre, me huele a vida. Esa que cada vez parece que vale menos, pues vivimos enfrascados en un presente, donde la sociedad se alimenta del dolor ajeno.
Actualmente, el caos del mundo nos convierte en personas con menos empatía y a la vez, nos vuelve más solitarios sin quererlo.
La etapa del individualismo gobierna en el mundo, pero yo creo que como colectivo somos más, pues nos guste o no, nos necesitamos los unos a los otros, para poder prosperar.
Como decía, Immanuel Kant, el ser humano posee una insaciable sociabilidad, porque necesita para su correcto desarrollo a la sociedad, aunque luego, desee oponerse a esta por sus propios intereses personales.
Al fin y al cabo, somos un todo que a la vez, se siente nada por sí solo, debido a que cada uno aportamos un granito de arena que finalmente, constituye un castillo entero.
Pronto el frío tocará nuestra puerta y no hablo solo del clima. El tiempo pasa para todos igual, aunque haya quienes parezcan menos afectados por él.
Tal vez, el problema sea que solemos intentar escapar de los problemas porque afrontarlos, a veces, se vuelve insufrible.
Por ello, desde mi humilde hogar, ofrezco desde aquí una mano para quienes sienten o han sentido, que estaban terriblemente solos.
Recuerden que la soledad puede ser amiga, si la aceptamos como parte de nuestra vida, aunque sin olvidarnos, de que es normal que echemos de menos a quienes se fueron.
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