Alguien entrando con un pasamontañas en una entidad bancaria, una persona ataviada con guantes y una ganzúa en sus manos al lado de una puerta o un individuo dirigiéndose a otro tapándose la boca nos conducen a una misma reflexión. Nos podemos imaginar lo que eso significa, pero son meros indicios, no pruebas irrefutables de lo que posiblemente puedan estar haciendo o vayan a realizar.
Como futbolero empedernido que soy, me van a permitir que utilice un hecho acaecido esta semana para compartir mis dudas sobre los indicios y las pruebas. En un partido que enfrentaba al Benfica contra el Real Madrid, el jugador del club portugués Prestianni se tapó la boca con su camiseta mientras se dirigía a Vinicius, para, según el brasileño, llamarle en varias ocasiones mono. En ese momento, el delantero del Real Madrid se dirigió al árbitro para comentarle lo sucedido y este activó el protocolo antirracista, pero hasta ahí. Las decenas de cámaras que había en el estadio se volvieron inservibles para captar una prueba evidente de ese insulto al haber ocultado el jugador su boca de miradas indiscretas.
Este hecho, ocurrido en un campo de fútbol, trasciende lo meramente deportivo y nos debe hacer reflexionar sobre el valor o no de ciertos indicios ante la tiranía de las pruebas. Es evidente que no se debe juzgar a nadie por un indicio aislado, sino que debe haber varios y que tengan relación directa con el hecho que se trata de resolver.
¿Cuando alguien se tapa la boca para hablar se está ya autoinculpando? ¿Es suficiente este simple hecho para deducir que lo que dice dista mucho de ser un piropo? Mi opinión es que el que no tiene nada que ocultar no necesita hacer esto, pero también es cierto que se carece de pruebas fehacientes más allá de la versión del insultado y, si hay suerte, de algún posible testigo. El problema es que el gesto de taparse la boca ya ha pasado del césped a las gradas y aficionados se dedican a hacer lo mismo, para que ninguna cámara pueda captarles diciendo algún improperio racista o de otro tipo. Den tiempo, pero no se extrañen de que en breve en el Congreso de los Diputados se adopte esta moda más que cobarde.
La posible solución para este rompecabezas es drástica, pero efectiva. Visto que la picaresca es utilizada para sobrepasar ciertos límites, a lo mejor es el momento de prohibir el taparse la boca y, en el caso de hacerlo, asumir que no hace falta ninguna prueba adicional para determinar que dicha conducta es inapropiada. De esta manera, dependería de uno mismo el convertir un mero indicio en una prueba.