"¡Qué te vas a caer!". Grita un coro de padres y madres casi siempre al unísono pero con momentos para un solo de garganta entre desgarrado y rutinario, entre profético y acusatorio. Es la sonata de tarde de cualquier parque mientras los niños prueban equilibrios imposibles en los columpios y retan su tierna y patosa habilidad para aprender hasta dónde son capaces. Normalmente acompañan el duelo a la gravedad con miradas intermitentes, por el rabillo del ojo, a sus padres que vigilan protectores desde el banco más cercano. Miradas desafiantes, que cada pocos segundos se vuelven orgullosas tras ver incumplida una y otra vez la predicción materna de la caída y el llanto. No tienen miedo, o al menos no les detiene, porque vence la curiosidad y la aventura a la probabilidad del fracaso. Con los años, y a fuerza de caídas, hay miedos que echan raíces dentro. La madurez suele venir acompañada de la prudencia, el miedo inteligente.
Decía Benito Pérez Galdós que «el miedo es la forma de nuestra subordinación a las leyes físicas» y así ha sido durante milenios. Sin embargo, vivimos una era extraña capaz de contradecir todos los manuales. El síndrome de Peter Pan es ahora una característica que describe nuestra sociedad inmadura y despreocupada ante las amenazas más elementales y no creo que nos invitara a eso James Matthew Barrie cuando nos tendía la mano hacia Nunca Jamás. El último ejemplo, de una lista interminable, se produjo el pasado fin de semana con las grandes nevadas que provocaron el colapso de la AP-6 en Segovia. Miles de conductores atrapados durante toda una noche por un temporal anunciado días antes y advertido con todas las alertas. Muchos de ellos viajaban sin cadenas para sus vehículos, con niños pequeños que podían sufrir más cualquier contratiempo, sin el máximo de combustible en sus depósitos y sin ni siquiera ropa de abrigo o mantas en los maleteros. Los avisos de la DGT eran claros: «No circular a no ser que sea estrictamente necesario». Pero no se percibe el peligro o no se valora el riesgo lo suficiente. Miramos con el rabillo del ojo a las autoridades como el niño del parque.
Esta reflexión no es ni mucho menos una palmadita en la espalda al director de la DGT y a sus palabras escurriendo el bulto hacia los conductores ante el desastre de gestión de la emergencia. Hay responsabilidades políticas en lo ocurrido en la AP-6, y a muchos niveles. Las mismas alertas que no hicieron caso los ciudadanos deberían haber supuesto un operativo mayor y más eficaz en nuestras carreteras. La empresa concesionaria de la autopista, de pago, no garantizó el buen estado de sus vías. Faltaron quitanieves para una situación que ya se preveía excepcional. Hasta tardaron en cortar el paso a más vehículos cuando su tramo se había convertido en una ratonera. El caos comenzó poco después de las seis de la tarde. Así lo iban relatando los medios de comunicación y las redes sociales con testimonios, vídeos y fotografías. Pero la delegada del Gobierno en Castilla y León explicó que no se pidió la intervención de la UME hasta casi a las once de la noche con lo que el rescate no pudo comenzar antes las dos de la madrugada. Si se cumplieron los protocolos hay que revisarlos, porque las inclemencias son más ágiles que los despachos y los palcos de estadios de fútbol (aunque tengan Wifi).
Infravaloraron sus propios avisos porque quizá estemos hablando de lo mismo. Los políticos también son ciudadanos y también están empeñados en impresionar a Wendy sin hacer demasiado caso a los padres. Tras cada pirueta: «¿Lo has visto, papa?». Y si no... a llorar.
Indestructibles
11/01/2018
Actualizado a
18/09/2019
Comentarios
Guardar
Lo más leído