12/09/2026
 Actualizado a 12/09/2026
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No tiene ningún interés escribir sobre la actuación del Gobierno en el asunto de Ceuta. Es ya incontrovertible que tuvo conocimiento previo de los planes de invasión, que decidió no impedirla, y que, vacaciones del presidente aparte, ha centrado sus esfuerzos en una defensa cerrada de la dictadura alauí a pesar de saber perfectamente que estuvo detrás de la agresión.

Para muchos españoles, incluyendo a buena parte de los afines al PSOE, son hechos de enorme gravedad que pasarán factura en las urnas; pero para otros no, y es esto lo que, desde mi humilde punto de vista, sí tiene un enorme interés sociológico y hasta psicológico.

¿Cómo puede un ser humano normal defender al Gobierno en este asunto sin estrellarse contra la lógica y contra la realidad? Es tan endiabladamente difícil que incluso sus muy bien pagados socios parlamentarios son incapaces de hacerlo. Salvo Bildu, pero claro, a los miembros de una organización que homenajea a los que hacían volar por los aires a niños pequeños podemos excluirlos de la categoría de humanos, así que quedan fuera del ámbito de la pregunta.

Buscando la respuesta en los medios de comunicación del régimen y en las redes sociales descubrí que realmente nadie argumenta una defensa de la actuación del Gobierno en la crisis de Ceuta. Lo que hacen sus partidarios, en cambio, es llamar racista y xenófobo a todo el que no esté con Pedro Sánchez en este asunto, incluyendo, sin ir más lejos, a los que hace diez días nos concentramos en la Plaza de San Marcelo en apoyo de la ciudad autónoma. Los sanchistas nos culpaban del sufrimiento de los ceutís porque, según decían, nos negamos a acoger «a 500 niñas pobres», e incluso se preguntaban si tendríamos el valor de ir a misa y comulgar después de haber demostrado tanta insolidaridad. No es broma, ahí está Facebook para demostrarlo.

Y como los medios del régimen y sus tentáculos digitales son poderosos y terminan afectando a las meninges del personal, conviene traer a colación algunas consideraciones por más obvias que parezcan: defender una inmigración legal y ordenada no es xenófobo, ni racista, ni insolidario, ni inmoral, ni anticristiano. Lo que sí es insolidario y difícilmente compatible con la moral cristiana es defender que las mafias o, como en este caso, una dictadura, utilice el sufrimiento de personas desfavorecidas con fines políticos, vulnerando la legalidad para conseguir que otras personas se vean privadas de derechos tan básicos como el de asistir a clase o al ambulatorio, atender su negocio, pasear por la calle o ir a la playa o al parque sin ser víctimas de violaciones o de agresiones.
 

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