Cada cierto tiempo arriba a las carteleras una película con la etiqueta de «necesaria», palabra que no suele ser del gusto de la crítica cinematográfica profesional: el arte, se argumenta, no debería estar al servicio de la realidad ni responder a ninguna utilidad. La objeción es comprensible en el caso de algunos títulos que, en su afán por ser pertinentes desde el punto de vista social, acaban simplificando y edulcorando aquello que pretenden mostrar. No ocurre así con la muy meritoria ‘Incontrolable’ —discutible traducción al español del original ‘I Swear’—, que llega además avalada por el BAFTA al mejor actor protagonista para Robert Aramayo, un premio sorprendente si se tiene en cuenta que competía en su categoría con algunos pesos pesados de la industria, favoritos al Óscar este año, como Timothée Chalamet o Leonardo DiCaprio. La Academia Británica de Cine supo reconocer lo exigente de un papel difícil, cuyo mayor peligro era caer en el histrionismo o, peor aún, en la caricatura de una condición neurológica grave como el síndrome de Tourette, que irrumpe en el cuerpo y en el lenguaje de quien lo sufre desbordando cualquier intento de control. Aramayo, conocido por el gran público por sus apariciones en ‘Juego de tronos’ y ‘Los anillos de poder’, sortea ese peligro con notable solvencia.
Su interpretación, junto a las de Peter Mullan y Maxine Peake —el viejo conserje que confía en él para darle su primer trabajo y la madre enferma de cáncer que le acoge en su casa, respectivamente—, sostienen una película que encuentra un conseguido equilibrio entre la ligereza de la comedia y la gravedad del drama. Resulta imposible contener la carcajada en determinados momentos, como cuando John Davidson —la persona real que inspira la historia— recibe un reconocimiento por parte de la Reina y responde con un «Fuck the Queen!». Pero también lo es no conmoverse ante la aparición de los primeros tics en un adolescente que lucha, sin éxito, por controlar un cuerpo que ha dejado de obedecerle; la incomprensión de profesores y compañeros de instituto, o el rechazo dentro de la propia familia: un padre que huye enseguida, una madre desbordada que no cuida de su hijo porque no sabe cómo hacerlo. ‘Incontrolable’ insiste, de forma a veces demasiado explícita, en esa idea central: el problema del Tourette no reside tanto en las dificultades que acarrea a las personas que lo sufren, sino en el desconocimiento social que lo rodea. De ahí la voluntad pedagógica que atraviesa cada fotograma. El director Kirk Jones, que firma también el guion, construye su relato sobre esa necesidad de visibilizar, denunciar y transformar que todavía encuentra en el cine uno de sus altavoces más eficaces. Entre la risa y el llanto, Jones nos obliga a mirar de frente una realidad incómoda sin apartar la vista. Es ahí donde reside el verdadero valor de una película llena de buenas intenciones como ‘Incontrolable’.