Y es que el lenguaje es un instrumento perfecto para manipular a la población. A los políticos no les basta con vigilar lo que pagamos, gastamos, ahorramos o dilapidamos. Necesitan también controlar lo que comemos, lo que decimos y hasta lo que pensamos. La libertad ha muerto. Y lo ha hecho en Twitter a través de una enfermedad muy común: ‘la ofendiditis’.
Actualmente hay palabras tabú que se sienten culpables independientemente del contexto en el que se pronuncien o la intención y el tono que las acompañe. Creo que ahí precisamente radica el error. Si bien algunos términos desde su nacimiento tienen connotaciones humillantes, otras no, simplemente designan a cierto grupo de individuos. La oración ‘escuchemos a ese hombre negro’ no tiene nada de malo, pero si decimos ‘trabajé como un negro ayer’, sí resulta ofensivo. Potenciemos más la inteligencia emocional y dejemos tranquila a la Lengua y sus principios. Las palabras no ofenden solas, ofenden quienes las usan como herramientas lapidarias.
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