15 de agosto, a las 12 h, estoy oyendo en la televisión que hay 38 fuegos activos. España está ardiendo. Hoy Marian Fernández de Oceja de Valdellorma (Médulas) nos emocionaba con su artículo titulado “Lágrimas de oro rojo”, que iniciaba: “Hoy, su cielo llora ceniza, y un aliento ardiente devora siglos de historia. El viento arrastra el crujir de las ramas, y cada llama muerde un pedazo de nuestra memoria”. Y terminaba: “El amor por la tierra nunca se quema”. Otra berciana de las Médulas, Diana, escribía: ”Soy ingeniera del medio natural, he trabajado en vigilancia y extinción de incendios y soy profe de Patrimonio Natural en la universidad de la experiencia y por eso conozco de primera mano la fuerza implacable del fuego y el valor incalculable de cada metro cuadrado de bosque que se pierde”.
El incendio forestal que se inició en Molezuelas de la Carballeda (Zamora), y que ha traspasado la frontera de León, ha afectado a cerca de 40.000 hectáreas de superficie quemada. El de Las Médulas ha devastado más de 1.500 hectáreas, obligando a 700 personas a evacuar sus hogares con incertidumbre sobre su regreso. Palacios de Jamuz ha sido devorado totalmente por el fuego. La terrible noticia, hoy en día, es que ya llevamos más de 110.000 hectáreas arrasadas por el fuego en lo que va de año. Algo lamentable, doloroso y desgarrador. Me faltan epítetos. He visto la foto aérea de la provincia de León y está llena de tatuajes negros. ¡Qué pena! La herida es muy profunda y va a tardar mucho tiempo en cicatrizar.
Llevamos veinte días con aviso amarillo por temperatura extremadamente elevada y los pronósticos son de una semana más, como mínimo. Toda España está ardiendo en este momento y cuando arde un bosque, quedan arrasadas muchas cosas: vegetación, árboles, cultivos, pastos o viviendas. Quedan carbonizados también los sentimientos y recuerdos de los habitantes que han vivido y crecido en esos paisajes. El colmo de la desgracia es si el incendio arrasa también alguna vida humana. Normalmente siempre son héroes voluntarios que estaban trabajando en tareas de extinción del fuego. El final es siempre el mismo, porque terminamos llorando sobre las cenizas. No considero serio ni sensato echar toda la culpa a los políticos en estos siniestros. Y menos aún este es el tiempo del “Y TÚ MÁS” entre partidos políticos. Nos parece un recurso muy manido que sólo sirve para alimentar las tertulias televisivas olvidándose de las causas del problema.
La palabra clave, la que más agita, enerva y envenena a los españoles es “INTENCIONADO”. La coletilla de la mayoría de las noticias de estos desastres es que el incendio fue intencionado, es decir, fue causado por un pirómano por diferentes razones. La noticia en los periódicos hoy es que ha sido detenido en Málaga un pirómano por provocar seis incendios forestales. En su declaración en sede policial el arrestado terminó confesando la autoría de esos seis incendios. Esto suele ocurrir en la mayoría de estos casos de España. Ante eso ni los políticos, ni los bomberos, ni la Unidad Militar de Emergencias pueden hacer nada. En un bosque solitario, a 40 grados de temperatura, con viento y una simple mecha encendida, un solo pirómano puede tener en jaque a toda España. El ser humano es responsable del 90% de los incendios forestales. Unas veces ocurre sin querer y sin darse cuenta, como el agricultor que se le quema el tractor trabajando en la finca. Otras veces por negligencia humana. En estos casos el pirómano no es consciente de la barbaridad de tirar una colilla encendida o trabajar con un equipo eléctrico a pleno sol.
Puedo llegar a entender esta negligencia como entiendo perfectamente al pirómano enfermizo. Este trastorno psicológico, llamado piromanía, se caracteriza por el deseo incontrolable de iniciar incendios, simplemente por fascinación con el fuego. No hay malicia ni venganza, solo un trastorno del control de sus impulsos. Difícil solución, pero no pueden estar sueltos en estas fechas.
Nos enervan y enfurecen los delitos de incendio intencionado, en los que se causa un incendio de manera deliberada y con la única intención de causar daño. Las penas pueden variar desde prisión de 1 a 20 años, dependiendo de la gravedad y las circunstancias del caso. Estos son incendiarios que queman bosques y pueblos para tener ganancias financieras o para vengarse de algo o para dañar a sus vecinos o simplemente para llamar la atención. Pienso que para ellos una pena máxima de veinte años de prisión es como una caricia.
Estos “señores” no pueden andar sueltos por el mundo. Han dejado a su pueblo en la ruina y a sus vecinos sin casa, han acabado con muchas familias e incluso han causado muertes y «se van de rositas». Es necesario el endurecimiento de las leyes para estos asesinos ecológicos y colgar en la sala del juicio la foto aérea de España hoy, llena de tatuajes negros, para que entiendan que nos dan asco. Quemar España no puede salirles tan barato.
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