Hasta cinco grupos de producción eléctrica se instalaron, aprovechando la riqueza minera de la zona. Era el sitio: había carbón del mejor y cantidad, el espacio era llano y amplio, el embalse de Bárcena garantizaba el suministro.
Estábamos en los años 60 y Laureano López Rodó había puesto en marcha el Plan de Desarrollo, que lanzó la economía a un crecimiento sostenido del 7 % anual durante quince años. Eso requería aumentar la generación de electricidad, y ésta central, y no solamente ésta, fueron las grandes productoras de esa energía, además, sin depender del exterior, pues carbón, como ya se apuntó, lo había. Vaya si había.
La minería del carbón fue una máquina de crecimiento y riqueza, para la zona y para la provincia… mientras duró.
Luego, más adelante, vino el programa de cierre de las minas y el compromiso de reducir la emisión de CO2 y demás gases y el desmantelamiento, progresivo y continuado, proceso en que las chimeneas, lo más señalado del complejo, parecía que resistían. Quizás eran un tanto brutalista en el paisaje, pero eran todo un símbolo de una época.
Quedaban en pie como titanes recordatorios de lo que fue, y de nada valieron las propuestas, recursos y manifestaciones. Fue igual.
Se resistieron hasta el final, que ha sido inevitable. Es más, una de ellas aún aguantó el tirón, algo así como «el canto del gallo»: cantar y morir.
Pero se acabó.
Porque es que más parece un castigo por los muchos humos que ciertamente echaron a la atmósfera durante decenios, un sacrilegio ante los principios de sostenibilidad y ecologías reinantes hoy en el mundo en general y España en particular.
Y no se entiende demasiado, porque, anda que no se han mantenido chimeneas de fábricas e instalaciones industriales como bienes culturales, muestra de una arquitectura industrial eliminada. Pero, nada, ha sido igual, abajo. Sin ir muy lejos, solamente hay que pasarse por el espacio central del bloque de viviendas que antes fue la fábrica de Abelló para encontrarnos su chimenea.
Y si salimos por la avenida de Asturias, allí hay cuatro más: la primera, poco antes del nudo de acceso a los hospitales, cual obelisco solitario, a la izquierda, testigo de la antigua cerámica Villa, y luego, más adelante, esta vez a la derecha, y pasado el antiguo seminario mayor, algo más oculta, la del horno de Forjados Rubiera, y, aún más adentro, dos de la que antiguamente era cerámica La Colorada.
En fin, más de una, obligadas a ser mantenidas, protegidas… y estas no. Lo que digo, más parece un castigo.
Y eso que no eran dos chimeneas cualquiera, que tenían 290 y 270 metros de altura, y aunque no eran las más altas de su género (la mayor es la de As Pontes en la Coruña, con 356 metros), aún le secaban unos cuantos metros al edificio más alto de España, la Torre de Cristal de Madrid, con 249 metros y 50 plantas. Pero que si quieres arroz Catalina, tenían que ir al suelo, y al suelo fueron. Y mira que hicieron propuestas, recursos e interpelaciones.
Aquellas chimeneas eran lo más visualizado de la central térmica de Compostilla. No soy un experto en esos conductos de humos, pues a lo más que llego es que las de calefacción, en edificios de viviendas, tienen que estar al menos tres metros por encima de las ventanas cercanas, así que estas otras se las dejaremos a los ingenieros industriales, y supongo que su altura vendrá determinada por evitar que, las desde luego grandes cantidades de gases, no ahogaran todo lo que es el Bierzo. Y algo de eso habría, pues aún recuerdo que «eran tan altas, que en La Coruña habían protestado de que les llegaba allí». Me parece excesivo, primero porque los vientos dominantes son justamente contrarios y, segundo, porque allí estaba la central de As Pontes, aún mayor que Compostilla. Pero yo eso lo he oído alguna vez.
Y no solamente estaban las chimeneas, pues en la planta, bastante grande, por cierto, había varios pabellones proyectados por Ramón Vázquez Molezún, unos de los arquitectos más representativos y exitoso de los años 50, que hizo el pabellón de España en la Feria Mundial de Bruselas en 1958 (aquella en que el edificio emblemático fue «el Atomium», una representación en aluminio de un átomo de hierro ampliado 165 000 000 000 veces). Espero que esos pabellones no corran la misma suerte, si no la han corrido ya.
En fin, que, como reza el dicho popular, entre todos la mataron, y ella sola se murió. Descansen en paz. Amén.
