Imagen Marina Díez

Igualdad formal no es igualdad real

05/09/2026
 Actualizado a 05/09/2026
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«Pero si ya sois iguales». La frase aparece con frecuencia, casi siempre con un tono de cansancio o de desconcierto. Como si la existencia de leyes bastara para dar por cerrado el debate. Como si nombrar la igualdad formal fuera suficiente para garantizarla en la vida cotidiana.

La igualdad formal existe. Es un logro histórico y no es menor. Las mujeres tienen derechos reconocidos, acceso al voto, al trabajo, a la educación, a la propiedad. Negarlo sería injusto. El problema es otro: confundir ese marco legal con la experiencia real.

Porque entre lo que la ley dice y lo que ocurre en las casas, en los trabajos, en las relaciones y en los cuerpos, hay una distancia que no se salva solo con decretos. La igualdad formal establece un suelo; la igualdad real mide si alguien puede caminar sin tropezar cada dos pasos.

Un ejemplo sencillo: nadie obliga hoy a una mujer a reducir su jornada laboral para cuidar. Pero son mayoritariamente ellas quienes lo hacen. Nadie prohíbe a los hombres implicarse en los cuidados. Pero siguen siendo ellas quienes los asumen. La ley no discrimina; la organización social, sí.

Aquí es donde el debate suele encallarse. Se responde con «eso son decisiones personales». Y lo son, en parte. Pero cuando las decisiones personales se repiten de forma masiva en la misma dirección, dejan de ser solo personales. Revelan condiciones estructurales que empujan a elegir de un modo y no de otro.

La igualdad formal no elimina la carga mental.

No reparte automáticamente el tiempo.

No compensa las expectativas desiguales.

No borra los mandatos aprendidos desde la infancia.

Por eso muchas mujeres viven una paradoja difícil de explicar: son formalmente iguales, pero cotidianamente responsables de más. Más cuidados. Más gestión emocional. Más renuncias pequeñas que, sumadas, pesan mucho.

Negar esta diferencia suele ir acompañado de otra estrategia: acusar a quien la señala de exagerar o de victimismo. Pero nombrar una desigualdad no es victimizarse. Es hacer visible lo que no se mide. Lo que no aparece en los contratos, pero sí en el cansancio acumulado.

El feminismo insiste en esta distinción porque sabe que los derechos escritos no garantizan por sí solos vidas vivibles. Que la igualdad real requiere políticas, corresponsabilidad, cambios culturales y, sobre todo, voluntad de mirar lo incómodo. No basta con decir «ya estáis protegidas» si la protección no llega a donde ocurre la vida.

Reconocer esta diferencia no quita nada a nadie. No resta derechos a los hombres ni invalida sus dificultades. Al contrario: permite entender por qué, a pesar de la igualdad formal, persisten tensiones, malestares y desequilibrios que no se resuelven apelando solo a la ley.

Quizá el verdadero problema no sea que las mujeres pidan demasiado, sino que durante demasiado tiempo se dio por hecho que con lo mínimo bastaba. Que con tener derechos sobre el papel ya estaba todo hecho. Y no lo estaba.

La igualdad real no se decreta: se construye. En los horarios, en los cuidados, en los vínculos, en la manera de repartir el tiempo y el valor. Y mientras esa construcción no se complete, seguir hablando de feminismo no será un capricho ni una exageración, sino una necesidad.

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